En aquel instante se retrató su imagen en un espejo colocado frente al sillón vacío sobre una mesita llena de papeles y retratos fotográficos. Verse Benito retratado en el cristal y retroceder aterrado fué obra de un segundo.
—¡Dios mío! ¿Yo?..., ¿soy yo ese hombre? ¿Ese cadáver abortado en mal hora de su propia tumba?
Y se miraba con avidez, y se contemplaba absorto.
—¡Yo!... ¿Es ese mi semblante siempre risueño y apacible? ¿Es esta mi frente sin arrugas, mis labios sin ceño? ¡Esto es un sueño horrible ó una realidad más horrible que el mismo sueño! ¡Solo! ¡Estoy solo! ¡Antes todos me querían, me buscaban, y hoy..., hoy..., todos huyen de mí... y se alejan y me dejan morir como un perro!... ¡No quiero! ¡No puede ser!
Y dió varios pasos, y salió del despacho, y cruzó el escritorio, y descorriendo el pestillo de la puerta, hiriéndose en la mano, gritó desde el umbral:
—¡Socorro, socorro! ¡Á mí! ¡Yo me muero! ¡Favor!...
Y cayó exánime y sin aliento en el mismo sitio.
Sus gritos habían sido tan estridentes, tan terribles, que aún duraba el eco de aquel sonido aterrador, cuando apareció por el corredor un mozo de la fábrica. Corrió á ver quién era aquel hombre que gritaba de aquel modo, y al reconocerle salió gritando más que el mismo Benito.
—¡Socorro! ¡El amo se muere! ¡Aquí todos!...
Pasó algún tiempo antes de que acudieran á sus voces; pero el criado se dirigió á las habitaciones del principal, de donde salían ya, precedidas de sus baúles mundos, Lucía y Bernarda, y que en cuanto supieron de lo que se trataba, corrieron solícitas y sobresaltadas al escritorio. Por su puerta pasaba en aquel momento Puig, apoyado en los brazos de sus dos amigos, y los tres se detuvieron aturdidos ante el triste espectáculo que se presentaba á sus ojos.