—Y no sirve que yo quiera y que yo procure y hasta prometa enmendarme. Si continúo teniéndole, volveré más tarde ó más temprano á caer en la misma locura y en idénticas aberraciones; y llegaré á aborreceros á vosotros, á quien quiero con todo mi corazón; y no seré el buen Benito que siempre he sido, sino un miserable avaro, un estúpido vanidoso, un amo cruel y un demente furioso á quien será preciso matar á palos, ó encerrar en una casa de orates, para verse libre de sus infamias. ¡Afuera de mí semejante peligro! ¡Yo no quiero oro ni fortuna! ¡Yo no quiero perder mi razón y mi calma y mi dicha, y mi alma después de mi cuerpo! ¡No, Juan mío! ¡Yo no sé ni quiero ser rico! ¡Todo es tuyo! ¡Te lo devuelvo! ¡Líbrame de ese peso y de ese castigo! ¡Quiero ser pobre! ¡Quiero ser pobre!
Y con un afán cada vez más creciente abrazaba á Puig, que sonriendo y sin responderle palabra, le indicaba con un gesto negativo que no pensaba en acceder á lo que le pedía. Lucía y Bernarda procuraban tranquilizarle y le rogaban que dejara entonces de ocuparse en nada, más que en recogerse y buscar en el lecho el descanso necesario, después de haber sufrido aquel ataque nervioso; pero Benito, cada vez más aferrado á su idea, continuaba en alta voz, asombrando á los obreros y al comerciante y su hijo, que le escuchaban sin comprender bien la causa de aquella escena:
—Ya no os movéis de mi lado ni poco ni mucho; ya no os dejo un instante de libertad, y si me amas, Juan mío; si me perdonas todo lo que te he hecho sufrir, y si olvidas mi injusticia, mi desvío y mi ingratitud, y no quieres empujarme á la desesperación y quizá al suicidio, recobra esa maldecida herencia que detesto, y déjame otra vez, no con cinco mil pesetas de sueldo, sino con tres mil como he tenido durante más de veinte años, y que es todo lo más que yo merezco y que sabrá administrar mi hermana, pues yo te juro no volver á tener en mi poder ni veinticinco pesetas.
—¡Bueno, bueno! Ya hablarás de eso más tarde; ven ahora á tu cuarto.
—No me muevo de aquí sin ultimar ese asunto. Yo hasta hace un mes he sido, no un pozo de ciencia, ni un modelo de virtud y de nobles cualidades, pero sí un hombre sensato; y hoy, ya lo ves, soy un mentecato y un ser intratable, y me desprecio á mí mismo y me abomino y me execro. El oro, la fortuna, que yo creía una felicidad y que yo deseaba continuamente para hacer el bien de mis semejantes, sólo me ha servido para hacer vuestra desdicha y la mía, y me ha convertido á mí, pobre hombre sencillo y modesto, en una fiera insaciable. Líbrame de ese peso, Juan mío, ó mañana mismo hago donación completa de esa fortuna al hospital, y para curarme de esta enfermedad horrorosa me voy á morir en él de limosna.
—¡Bueno, bueno, lo que quieras..., ahora lo arreglaremos todo!—le contestó Puig.
Y dirigiéndose á las habitaciones de Benito, del brazo de los que le conducían, logró que aquél abandonara la puerta del escritorio, que Bernarda cerró con llave, siguiendo á su hermano que andaba despacio abrazando á su hija.
Y penetraron en su cuarto, y colocaron á Puig en una butaca.
Los que le habían conducido y los obreros fueron despedidos en el acto por Bernarda, que había tomado por las señas la dirección antigua de su casa, y quedaron solos los cuatro.
—Lo primero que hay que hacer, si quieres que me tranquilice y que podamos seguir hablando en paz y en gracia de Dios, es despedir esos dos coches, pagándoles generosamente su frustrada carrera—dijo Benito á su hermana:—de aquí no se va nadie nunca, ni mi hija cuando se case. Yo no quiero estar ni un minuto separado de todos vosotros.