—Concedido, y déle usted gusto, señora, siquiera por esta vez—respondió Puig sonriendo.

—Por esta vez y por todas se le daré, si gracias á la misericordia de Dios le veo tan razonable como lo ha sido siempre.

Y llamando á la doméstica, le dió dinero y el recado que había de dar á los cocheros.

—Y sigo con mi tema, y de ella no me saca ni vuestro cariño ni vuestro perdón.

—¿Conque es decir, Benito amigo, que confiesas?...

—Confieso en voz alta y de ahora para siempre, que tú eras un amo ejemplar, bueno, inteligente y cariñoso, y todos nosotros unos bolonios que ni lo conocíamos ni lo apreciábamos. Confieso que yo he desempeñado mi oficio de rico, en el breve tiempo que lo he ejercido, de un modo deplorable.

—¡Papá, no se puede hacer peor!

—¿Ves? Cuando mi hija lo dice... Nada, nada; yo no sé ser rico, y por lo tanto no quiero hacer más el oso, ni morirme en cuatro días, ni mataros á todos á disgustos: dime ahora mismo lo que vamos á hacer con esa herencia; y si no me lo dices tú, te lo diré yo, que en este momento acaba de ocurrírseme.

—Veamos cuál es esa ocurrencia, y quiera Dios que no sea tan disparatada como las anteriores—dijo sonriendo Puig y atrayendo á Lucía á su lado.

—Aquí tenéis la carta última de mi amigo Bernaregui, su memoria testamentaria, como la llamaba Ortiz de Llauder—dijo Benito, sacando de su cartera el pliego que le entregó el notario.—En virtud de esta carta, Puig creyó cumplir con un deber de conciencia haciéndome donación de toda su fortuna, y yo la acepté gustoso, porque al obedecer esta extraña voluntad del testador, me figuré que iba á hacer maravillas. Ya veis las que he hecho y las que el diablo me sugeriría aún, si yo le diera ocasión para ello. Cuando yo era joven vi una tarde un drama que se titulaba Adriana; y en él, un señor viejo como yo, y que lo hacía muy bien por cierto, decía, al concluir un acto: