—¡Amo! ¡Jefe! ¡Dueño! ¡Principal! ¡Señor! ¡Vergüenza da que en el último tercio del siglo diez y nueve se usen aún tales calificativos! ¿De qué nos ha servido entonces que matáramos á César en Roma hace más de dos siglos?
Como se ve, el buen Rispall estaba muy fuerte en historia romana y no se equivocaba mucho en las fechas.
—Vamos, cállese usted y sacuda el polvo. Si el escritorio no está limpio y arreglado cuando venga...
—Sí, dirá que le sirvo mal...
—Será muy capaz de ello.
—Y que le robo el pan que como... ¡Canalla! Vamos, por más que lo pienso, no me explico cómo siendo Bernaregui tan amigo de D. Benito como de don Juan Puig, no le dejó á aquél su fortuna en vez de dejársela á éste. ¡Claro! Procedió como proceden siempre los tiranos. Olvidó al hombre lleno de virtudes, al honrado padre de familia, para hacer poderoso y millonario al hombre adusto, al egoísta, al solterón empedernido, al perverso, al que debe estar plagado de vicios y quizá de crímenes. Digo: ¡qué hombre será él cuando no tiene ni padres ni hijos!
—Eso digo yo—murmuró doña Bernarda sonrojándose.
—Usted misma debe ser su juez más inflexible. Todos creíamos en la fábrica que, al heredar D. Juan Puig el capital de Bernaregui, su primera determinación sería pedir á usted su mano y hacerla su esposa.
—Como lo manda la Santa Madre Iglesia...
—Y como, según parece, tenía usted motivos para esperar, dada la antigua amistad que les unía á ustedes con el nuevo propietario, y hasta quizá sus ofrecimientos en épocas anteriores.