—Me ha hecho su ama de llaves—respondió doña Bernarda, pintándose en su rostro una expresión de despecho y de indignación imposibles de describir, aunque veladas por cierto tinte de resignación cristiana.

—Sin duda para un alma como la suya es igual que usted le cuide el corazón que la despensa. ¡Alma de conservador, y está dicho todo!

—¡Silencio, que viene gente!

Oyéronse, en efecto, unos pasos precipitados, y apareció en el umbral de la puerta del escritorio la bellísima figura de Lucía.

—Es mi sobrina. ¡Calle usted y limpie!—dijo á Rispall doña Bernarda en voz baja, saliendo al encuentro de la joven.

—Otra víctima del monstruo—dijo Rispall con voz apenas perceptible; y con ademanes rabiosos dió dos ó tres plumerazos á los muebles y colocó los taburetes y las sillas en su sitio acostumbrado, disponiéndose sin embargo á escuchar lo que hablaran las dos mujeres y á meter su cuarto á espadas en la conversación, si lo creía necesario.


CAPÍTULO III