DONDE APARECE EL INDISPENSABLE DIOS CUPIDO, SIN CARCAX NI FLECHAS Y VESTIDO AL USO DEL DÍA

¡Oh Madrid, tierra de promisión, paraíso soñado, ciudad santa para todos los cerebros provincianos, para todas las ambiciones desordenadas, para todos los corazones aventureros, para todos los ideales artísticos y literarios; sima sin fondo, mar sin orillas para los apocados de voluntad, para los pobres de espíritu, para los que careciendo de la energía que se impone ó de la ductilidad que se arrastra, aspiran á escalar los altos puestos siempre asequibles á la audacia y á la adulación! ¡Madrid, tienda de asilo de media España, oasis hospitalario de la eterna caravana de la miseria, gigantesco coloseo donde hay luchas á diario entre las fieras y los hombres, necrópolis de todas las esperanzas, tribuna pública de todas las oratorias, salón del trono de todas las soberanías y manicomio ó falansterio de todas las insanias, manías, chifladuras y aberraciones cerebrales de los españoles: yo te saludo, no como el ángel, sino como el gladiador romano!

Ave, Cæsar, morituri te salulant!

Á Madrid se dirigieron madre é hijo, desde la humilde y escondida ciudad de Cuenca, al año escaso de haber fallecido D. Jerónimo García, oficial primero de aquel Gobierno civil durante catorce años, contando en su hoja de servicios treinta y seis de carrera administrativa. La Junta de clases pasivas había hecho su clasificación y correspondían á la viuda mil quinientas pesetas de viudedad con la natural rebaja del diez por ciento establecida. Mal, muy mal pueden vivir en el mundo una mujer de cincuenta años y un hijo de diez y nueve, teniendo por toda renta la exigua cantidad de cinco mil cuatrocientos reales; pero cuando ese mundo es Cuenca, y se tienen los muebles y las ropas de toda la vida, y se pagan tres reales diarios por una casa ventilada y alegre, y no hay exigencias sociales en trajes y gastos de representación, aún es posible no morirse de hambre. Trasládese á Madrid esa exigua renta; nazcan los deseos casi necesarios de vivir con cierto decoro y de atender á ciertas necesidades sociales en busca de porvenir más halagüeño, y se verá en lontananza aparecer la desmantelada buhardilla y las eternas noches de la miseria.

Era la madre, doña Antonia Rubielos, una buena mujer, de cortos alcances, de dulce carácter, de irreprochables costumbres y de limitadísimas aspiraciones. Su condición pasiva la había dado la felicidad de vivir en paz con todo el mundo, y puede decirse que durante sus treinta y dos años de matrimonio no había conocido más penas ni más dolores que algún que otro resfriado y el embarazo y crianza de su hijo Ramiro, joven de diez y nueve años á la sazón. Contenta siempre con su suerte y satisfecha con su posición de oficiala primera del Gobierno civil de Cuenca, la muerte de su marido D. Jerónimo fué el primer problema serio que se le presentó en su vida, ¡á ella que no había tenido nunca otro problema que el matemático de ajustar la cuenta del gasto diario!

¿Qué debía hacer con sus cinco mil cuatrocientos reales de viudedad? ¿Continuar en Cuenca con su hijo comiéndoselos en santa paz, sin darle carrera, puesto que á los diez y nueve años no había aún emprendido ninguna, si bien tenía ya su título de bachiller en letras en el bolsillo, ganado fácilmente en el Instituto de segunda enseñanza de Cuenca; ó buscar en otros horizontes más dilatados campo ancho y abierto al porvenir de aquel hijo que era ya el jefe de la familia? Cierto que su hijo no sabía hacer nada; que carecía además de esa vocación, segura en unos hombres é incierta en otros, hacia una profesión determinada, que desde la infancia revela la predilección á las armas, las bellas artes ó el sacerdocio; que el niño miraba con aversión toda ocupación seria y todo trabajo continuado; pero por esa misma indiferencia, por esa misma vaguedad de propósitos era indispensable empujarle á cualquiera de los caminos que á la juventud se ofrecen, si no se quería que, andando el tiempo y desperdiciados los años oportunos, el niño se convirtiera en un vago, no accidental, sino de profesión.

Muy encontradas fueron las opiniones de los varios amigos del difunto esposo á quienes doña Antonia recurrió en busca de consejos para su difícil situación. Uno opinó que en Cuenca podía encontrar Ramirito ocupación modesta; otro, que en una capital tan miserable no hallaría jamás Ramiro ni porvenir ni presente; el de más allá, que dedicándose con empeño á estudiar el francés y la partida doble, ningún joven se moría de hambre; el de más acá, que en Madrid hay campo para todas las ambiciones y para todos los gustos, y que sólo en Madrid hallarían madre é hijo bienestar y quizá fortuna. Como ésta era la opinión más desatinada, ésta prevaleció en el ánimo de la viuda, que malvendiendo casi todo su ajuar y gastando casi todos los miserables ahorritos de su larga existencia de servidora del Estado, se trasladó á la villa y corte, fijando su residencia en un cuartito sotabanco de la calle de Ministriles.

Cómo pudieron comer, vestirse, vivir, en fin, madre é hijo durante tres años, sin más recursos que la paga y algunos trabajos de aguja hechos por la pobre Antonia, es inexplicable. Eso pertenece al orden de los milagros modernos, casi tan absurdos como el sustento de los santos antiguos con hierbas silvestres y panes traídos por cuervos.

En aquellos tres años emprendió Ramirito más de tres carreras, que siempre abandonó antes de acabarse el año; pero aprendió en cambio en aquellas perpetuas vacaciones á fumarse dos infernales cajetillas diarias, á pasarse tres horas seguidas todas las noches en una mesita del café de Zaragoza con otros jóvenes tan aprovechados como él, á gritar y silbar en todos los motines universitarios, á ejercer la profesión de estudiante sin coger un libro en sus manos, y á gastar en tonto, sin vicios, pero también sin virtudes, los hermosos años de la primera juventud, que ni vuelven nunca, ni jamás se recobran, cuando se desperdician en la vagancia.

Al ver la pobre madre estériles todos sus sacrificios y desvanecidas sus esperanzas, comenzó á enfermar, tanto de pena cuanto de escasez y falta de ambiente, y ya enferma y presintiendo su próximo fin, consiguió de su hijo que, dejándose de estudios hipotéticos, se dedicara con empeño á reformar su letra, á escribir con ortografía y á entender de cuentas. Con estos humildes, pero prácticos conocimientos no era difícil que encontrara una casa de comercio donde ganar un pedazo de pan, ya que dentro de poco tiempo iba á faltarle la limosna del Estado.