Y así sucedió en efecto. Las lágrimas y las súplicas de Antonia hicieron mella en su hijo, y en pocos meses consiguió poseer una hermosa letra inglesa, no escribir con demasiados errores ortográficos y afirmarse algo en su descuidada aritmética. Todo esto era muy poco para un hombre, pero era algo para un chico, y como decía muy bien su madre, consolándose con aquel algo, «muchos hay que á los veintidós años no saben ni eso.»
La pobre mujer murió antes de que Ramirito aprovechara aquel algo de educación tardía, y quedóse en Madrid el huérfano sin más recursos que la tierra que pisaba como presente y el espléndido cielo azul como porvenir. Buscó una casa de comercio donde vender, que no prestar, sus servicios, y sólo se le ofrecieron alguna que otra trastienda y diversos mostradores para medir telas y llamar madamitas á las compradoras. Él aspiraba á algo más dentro de sus modestas aspiraciones; no le parecía decoroso descender desde el estado civil de estudiante de Derecho ó de Medicina al de hortera, ni cambiar el veladorcito del café de Zaragoza por el mostrador del comercio de la calle de Postas.
Urgía, sin embargo, poner remedio á su situación apurada: comenzaba á vivir con el vergonzoso recurso de los préstamos amistosos: el tiempo se iba, la ropa se iba más aprisa que el tiempo, y de pedir prestado á pedir limosna no hay más que un paso. No quiso con muy buen acuerdo franquearle Ramirito, y aceptó la eficaz recomendación que para la casa Bernaregui, de Barcelona, le ofreció el mismo dueño del café de Zaragoza. La casa era segura; el sueldo, aunque módico al principio, podía ir aumentando conforme aumentaran su asiduidad y sus servicios, y ¡quién sabe lo que una casa de comercio puede dar de sí en algunos años!
Salió Ramiro de Madrid, quizá para no volver jamás á entrar en él; llegó á Barcelona, agradó con su buena presencia y hermosa letra inglesa á Puig y á Benito, y quedó instalado en el escritorio, para llevar la correspondencia y el copiador de la fábrica, con mil quinientas pesetas de sueldo al año. Poco era para fin, pero bastante para comienzo, y aunque el amanuense no contaba entre sus buenas cualidades con el amor al trabajo, verdadera virtud de los catalanes, la carencia de amigos y conocidos y la ignorancia de la localidad le hicieron asiduo al escritorio, más por aburrimiento que por afición espontánea.
En la casa no había muchachos de su edad: en la de huéspedes donde comía y dormía no había aficionados á gastar el tiempo y el dinero en el café ó en teatros, de modo que sus distracciones, las horas y los días libres, se limitaban á las diversiones públicas gratis, que no escasean en Barcelona. Paseos al parque, al puerto, á la montaña; audición de conciertos al aire libre, ejercicios de las tropas de la guarnición, entrada y salida de buques de guerra ó correos, regatas y procesiones, todo lo vió Ramiro siempre solo, y pronto se aburrió de su soledad y su aislamiento dentro de aquella ciudad comercial, donde hasta la amistad necesita del negocio para ser duradera.
Aburrido, cansado y con el espíritu predispuesto para el sentimentalismo y la melancolía, se encerraba en el escritorio ó vagaba por los patios de la fábrica, no sin sorpresa de sus jefes que no comprendían cómo renunciaba aquel muchacho á sus horas de libertad y que elogiaban su buen juicio, su formalidad y sus morigeradísimas costumbres. Doña Bernarda sobre todo estaba encantada con aquel muchacho, y en cuanto á Lucía... ¡oh!, en cuanto á la bellísima Lucía..., el asunto merece párrafo aparte.
Acababa de cumplir diez y siete años; era alta, esbelta, de andar airoso, de fisonomía expresiva, de negros ojos, de lindísimo talle, y de formas amplias, impropias para su edad, sobre todo dadas las costumbres estéticas de la capital de España, pero no anómalas en la del Principado. Su abundante y sedoso cabello castaño claro, elegante y naturalmente rizado sobre su frente; sus finas y largas pestañas, y sobre todo su linda boca de labios algo gruesos, pero encarnados como cerezas, de apretados y menudos dientes y de frescura incomparable, merecían llamar la atención y fijar las miradas de cuantos la encontraban á su paso.
Pocos eran, sin embargo, los que podían encontrarla. En primer lugar, los catalanes, por regla general, sean jóvenes ó viejos, van siempre por las calles á su negocio, y apenas conceden una rápida ojeada á las mujeres guapas que se encuentran en su camino. En cuanto á seguirlas ó á echarlas piropos, como los andaluces y madrileños, lo reputan por de poca seriedad ó de mala educación, y creo que aciertan en ambas cosas; pero en cambio quitan alegría y encanto á los paseos y á los encuentros fortuitos del sexo fuerte con la más linda mitad del género humano. En segundo lugar, Lucía apenas salía de la fábrica. Los domingos casi de madrugada á misa con su tía doña Bernarda y cubierto su lindo rostro con el tupido velo; los mismos días por la tarde al campo con su tía, su padre, y alguno de ellos, muy pocos por cierto, con Puig, con quien disputaban siempre Bernarda y Benito y que se despedía de ellos antes de terminar la expedición, por no poder aguantarlos. Algunas calurosas noches de estío, de esas en que la falta de brisa convierte las movibles hojas de los árboles en inmóviles recortaduras de cinc, á sentarse en el paseo de Gracia. Ni más teatros, ni más bailes, ni más reuniones de cumplido ó de confianza. La vida de la fábrica, monótona, trabajadora, sin interrupción, sin vacaciones, relegaba al hogar doméstico á aquella linda joven que en otros círculos y en diferente posición social hubiera podido ser encanto de los salones y ornamento de las tertulias.
El desarrollo físico de Lucía era completo. Hermosa, robusta, sana, podía competir con la aldeana más bizarra, y en gracia y gentileza aventajar á la más distinguida señorita. ¿Habíanse desarrollado igualmente su inteligencia y su corazón? Eso á nosotros toca decirlo; que ni ella hubiera sabido explicarlo, ni su padre y su tía comprenderlo.
La fábrica de Bernaregui no era terreno á propósito para cultivar inteligencias privilegiadas, ni una casa de comercio bien reglamentada y concienzudamente dirigida podía ofrecer ancho campo á la imaginación para desarrollar sus brillantes aptitudes. Así es que Lucía, naturalmente más sensata y de criterio más inteligente que su padre, y de más recto juicio y más nobles pensamientos que su tía Bernarda, simpatizaba con Puig más que con nadie de los propios y extraños que la rodeaban. Veía en él una víctima de los enconos y las envidias de los desheredados por Bernaregui, y hacía justicia á sus rectas intenciones y á su carácter misantrópico y reflexivo. Pero todo esto lo hacía ella casi inconscientemente y sin ser el resultado de los esfuerzos de su inteligencia para estudiar los secretos de la vida y la lucha de los caracteres. Podemos decir por consiguiente, sin temor de equivocarnos, que Lucía poseía una inteligencia innata, susceptible de gran desarrollo á caer en buenas manos, pero que hasta el día sólo había dado de sí los frutos espontáneos de una regular semilla caída en buena tierra. Faltábanle el cultivo y la atmósfera apropiada á su completa y sabrosa madurez.