En cuanto á su corazón, justo es decir que hasta cumplir sus diez y siete años no se había ejercitado en grande escala. Amar á Dios sobre todas las cosas, en la forma platónica y teórica con que todos los católicos pasivos aman al Ser Supremo, que es un modo de amor muy parecido á la indiferencia; honrar padre y madre, al uno vivo y á la otra muerta sin haberla conocido, á la manera de como el criado obedece las órdenes indiferentes del amo á quien sirve, y amar al prójimo como á sí misma, sin más prueba de este amor que dar algunos céntimos de limosna á los mendigos que la importunaban á su paso, esas eran las virtudes sentimentales de aquel corazón dormido hasta entonces á todos los verdaderos afectos humanos.
Y justo es también decirlo, ¿qué otros sentimientos más vivos podían despertar en su tierno corazón, por vehemente, por apasionado que llegara á ser andando el tiempo, la quejumbrosa pasividad de su padre, la gárrula y envenenada palabrería de su despechada tía, la seria y reconcentrada amargura del ya viejo Puig, la charla demagógica de Rispall y la eterna murmuración que á guisa de ruido de colmena se extendía por todos los ámbitos de la fábrica, comentando, criticando ó protestando de todas las leyes divinas y humanas y de todas las órdenes, disposiciones y reglamentos de la tierra?
En este estado casi beatífico de su espíritu se encontraba la encantadora Lucía cuando llegó Ramiro á pisar el escritorio. Por curiosidad primero, por simpatía después, por interés más tarde, fueron ambos jóvenes aproximándose uno á otro; y descubriendo la homogeneidad de sus ideas, viendo con satisfacción mutua que casi siempre tenían idéntico punto de vista en todas las cuestiones y les producían el mismo efecto los acontecimientos, cayeron en la cuenta de que sus corazones se entendían perfectamente. De esto á creer que habían nacido el uno para el otro no hay más que un paso, y lo creyeron con fe profunda y alegría inmensa, como cumple á corazones que no han amado nunca y que ven realizadas por vez primera sus aspiraciones á amar y ser amados.
¡Cambio profundo en aquellos caracteres! Ramiro, menos apasionado, pero más aburrido que su bella conquista, encontró en aquellas cuatro paredes mujer á quien amar, amiga con quien discutir y compañera de sus largas horas de aburrimiento y soledad, y esta era la razón de su alejamiento del mundo exterior, de su aire melancólico y sentimental y de su constante permanencia en el hogar algo falansteriano de su Lucía. Ésta lloraba á lo mejor sin motivo por los rincones de la casa, reía á carcajadas sin razón aparente, corría á veces, y otras vagaba silenciosa por patios y talleres, y un día llegó hasta á besar con emoción profunda las secas y arrugadas mejillas de Bernarda, que no acostumbrada á recibir de nadie semejantes pruebas de afecto, se contentó con murmurar: Esta chica está tonta. Si la pobre aunque antipática mujer hubiera sido más práctica en conocer los misterios del alma humana, y sobre todo del alma femenina, no hubiera vacilado en decir: «Mi sobrina está enamorada.»
Tales fueron, sin embargo, las chiquilladas de los dos inocentes amantes, tantas sus cándidas imprudencias y tan á las claras dejaban ver el estado de sus mutuos corazones, que no necesitó nadie gran penetración para conocer su, según ellos, guardadísimo secreto. Sonrióse malignamente todo el mundo, y sin hablar palabra, todos aceptaron como un hecho natural y consumado el amor de Lucía y Ramiro, extrañando mucho á ambos no encontrar en nadie la contrariedad y oposición que, según todas las novelas y dramas antiguos y modernos, convierte en incendio devastador y en llama asoladora el más puro y sencillo amor de la tierra.
Puig, que á pesar de su prudente reserva veía con gusto aquel amor naciente entre el asiduo empleado y la hija de su mejor amigo, ahijada suya, se permitió un día poner roja de placer y de vergüenza á la muchacha, prometiéndola un modesto dote para el día que algún muchacho honrado y de buenas referencias pidiese su mano y la obtuviera de buen grado de su mismo padre.
—¡Oh! De aquí á entonces... ¡ya va largo!—contestó Benito, mirando fijamente á su hija, que no sabía dónde esconder los ojos.
—Si tan largo me lo fías..., ¡echa un cuartillo!—exclamó Bernarda, sonriéndose irónicamente y fijando su mirada inquisitorial en el aturrullado semblante del pobre escribiente.
Hasta el mismo Rispall, el criado irreverente que tenía la fatal costumbre de meterse en todo, añadió en voz baja:
—Para entonces ya habrá venido Ruiz Zorrilla.