Aquello era una conspiración. Todos parece que se habían propuesto burlarse de los dos amantes, ó darles aquel mal rato para aguar sus alegrías y sorprender su dichoso misterio. El único resultado de aquella inocente escaramuza fué que Puig aquel mismo día aumentó el sueldo á Ramiro, sin indicación de nadie, y que éste pudo contar con dos mil pesetas anuales en premio de sus méritos aritméticos y caligráficos. Hacía escasamente un año de su entrada en la casa.

Todo siguió en el mismo estado durante otros doce meses, y llegó la época en que da principio nuestro relato. Es de sentir, para el interés necesario á toda historia, que no ocurrieran peripecias ni sucesos extraordinarios en aquellos amores; pero la nube, como dicen los labradores aragoneses, no iba por aquel lado. La animadversión hacia Puig se había acentuado en todos los que de él dependían. Lo que empezó por quejas aisladas y lamentaciones individuales tomaba proporciones de guerra sorda, pero sin cuartel. Se interpretaban torcidamente todas sus disposiciones; se desobedecían, con el pretexto de dificultades en su cumplimiento, todas sus órdenes; se exageraban todos los inconvenientes de sus reformas, y todos bajo la capa de una hipócrita resignación, ó de un interés excesivo por los negocios de la casa, eran constante rémora á todos los proyectos del principal y jueces inflexibles y tiránicos de todos sus actos.

No era un complot, pero lo parecía. Sin previo acuerdo, todos estaban unánimes en su conducta; y Puig se encontraba cada vez más aislado y más lejos de todos aquellos seres que le debían su subsistencia y su bienestar. Á haber tenido un carácter más enérgico, quizá hubiera cortado por lo sano ejerciendo su suprema autoridad, y poniendo á raya á los rebeldes les hubiera dado á escoger entre la obediencia ciega á sus órdenes ó la inmediata dimisión de sus empleos y condecoraciones. Verdad es que si desde su elevación al poder se hubiera revestido de la energía que le faltaba, no hubieran llegado las cosas al extremo en que se encontraban.

Esta era la situación de los ánimos cuando el diálogo que sostenían Bernarda y Rispall en el capítulo precedente se interrumpió por la llegada de Lucía, única persona ajena á la conspiración y que sin querer se encontraba metida en ella, pues hasta el mismo Ramiro, espoleado por su amor y con la impaciencia propia de un enamorado, iba ya sospechando que Puig era la causa de que se retrasase el logro de sus esperanzas.

Precisamente el día anterior se había celebrado una conferencia de familia, y en ella se decidió por mayoría de votos, dos contra uno, el de Lucía y Bernarda contra el de Benito, que éste hablaría desde luego á Puig de las relaciones amorosas declaradas entre Lucía y Ramiro. Le diría que los chicos se amaban con delirio, que deseaban casarse, que ya tenían edad para constituir una nueva familia y que él, como padrino de la muchacha y jefe del novio, debía señalar época para el casamiento, cuanto más próxima mejor, entregar á la chica el dote prometido y dar al muchacho otro ascenso para que con ambas cosas pudieran ya atender á sus nuevas obligaciones. No haría nada de más tampoco el rico por chiripa en ensanchar un poco su hogar, para que cupieran todos, hasta los seres que podrían venir después á coronar el edificio, y de ese modo tan sencillo y tan natural hacer algo por el bien de sus semejantes, ya que debía al cielo, sin merecerla, la casualidad de disfrutar de una fortuna que lo mismo podía haber sido para otro, que hubiera hecho sin duda mejor uso de ella.

Todas estas reflexiones de doña Bernarda, que parecieron al pronto de perlas á Benito, no le fueron ya tan fáciles de formular cuando pensó en ellas; y según temían los interesados, no hizo nada en el asunto.

—¿No está aquí papá?—preguntó Lucía asomando la cabeza por entre las dos hojas de la puerta del escritorio.

—No ha parecido aún por estos barrios—contestó Bernarda,—y Dios sabe si estará escondiéndose de nosotras para evitar las preguntas que con sobrada razón sabe que hemos de hacerle.

—¿De modo que usted cree que no habrá hecho nada, á pesar de todo lo que ayer convinimos los tres?

—Nada absolutamente. Desengáñate, chiquilla, mi hermano es un bendito, pero por lo mismo no sirve para nada. Tengo la certidumbre de que pasarán días y días y no se atreverá jamás á ponerse frente á frente de su amigote de otros tiempos, aunque le sobre la razón por encima de los pelos.