—¡Como que D. Benito es un ángel!—dijo Rispall suspendiendo su problemática limpieza del escritorio, adivinando que se trataba de algo que pudiese mortificar al autócrata de la fábrica.
—Y ¿qué le parece á usted que hagamos, tía?
—¿Qué hemos de hacer, sobrina? Lo que está resuelto. Yo os he prometido ayudaros en todo y por todo, y por lo tanto, si el cobardón de mi hermano no sabe cumplir con los compromisos contraídos y con el deber que le imponen las leyes de la naturaleza, yo los cumpliré por él, y con muchísimo gusto mío. Ya lo sabes.
—¿De modo que usted hablará á D. Juan?
—¿Que si le hablaré? Y hoy mismo. Esta misma mañana.
—¡Muchas gracias, tía, por Ramiro y por mí!—añadió con cierta timidez Lucía, como adivinando que la escena que se preparaba entre doña Bernarda y Puig podía ser tempestuosa;—pero háblele usted de modo que no se enoje. Él ha dicho espontáneamente, no una vez sola, sino varias, que cuando yo me case será mi padrino de boda, como lo fué de bautizo, y que piensa darme un dote, sin precisar de cuánto, como prueba del continuo afecto y amistad que profesa á mi padre...
—¿Y qué menos puede hacer por usted ese vampiro—interrumpió con gesto y ademán trágicos el vehemente Rispall,—sino darle á usted algo á cuenta de nuestro sudor y de nuestra esclavitud?
—Y te olvidas—añadió doña Bernarda con sarcástica intención—de que tu enlace, cuando llegue el caso, ha de ser á su gusto. Eso dijo muy claro la última vez que habló de tal asunto.
—Y me parece muy justa la tal condición—dijo Lucía.—Si él es quien ha de dotarme y de apadrinar mi casamiento, natural es que no le desagrade el novio que yo elija. Demasiado sabe él quién es el elegido de mi corazón y el que sólo vive por mi cariño.
—También puede ser una añagaza ó un pretexto para eludir el compromiso de sus obligaciones. No gustándole jamás el esposo que usted elija, sea el que sea, se guarda el dote y no tiene que aflojar un cuarto ni para usted ni para él. ¡Como que es tonto!