—Eso no es posible—respondió con profunda convicción Lucía.—D. Juan es incapaz de tan bajos pensamientos.
—Nada es imposible en el mundo, sobrina, y quien se ha vuelto tan desagradecido y tan desmemoriado como D. Juan Puig, es capaz de cualquier felonía, por terrible que parezca.
—¡Otra sería la conducta de su padre de usted, si se encontrase en el caso de su amigo!
—Ya lo creo; siendo mi padre, el caso no es el mismo.
—Es que su padre de usted no andaría con reparos ni se detendría en examinar antecedentes. El que usted eligiera, ese sería su marido de usted sin más vacilaciones; y en cuanto al dote, la daría á usted lo menos la mitad de su fortuna, y todos felices.
—¡Ah! Si mi padre fuera rico, es posible que lo hiciera como usted asegura; pero como al fin D. Juan no es pariente nuestro, cuanto haga hay que agradecérselo con alma y vida.
—Y pedírselo de rodillas humildemente...—añadió Rispall con burlona sonrisa y aire de chacota.
—¡Y evitar que le dé un soponcio por el sacrificio!...—dijo Bernarda.
Lucía miró fijamente á sus dos interlocutores, y con semblante apenado y algo ceñudo, les dijo:
—¿Pero es que ustedes no quieren á D. Juan?