—¿Que si le queremos? Más que él se merece—contestó Bernarda;—pero una cosa es quererle y otra conocer y lamentar sus defectos. En fin, sobrina; déjate de consideraciones y de temores. Yo te prometo hablar hoy á tu padrino resueltamente, y de mi cuenta corre arreglar el asunto.

—Permita usted que la vuelva á recomendar la prudencia. No le enoje usted, porque ese sería un gran mal para todos.

—¡Vaya, vaya, doña Bernarda, no haga usted caso de la señorita y háblele usted con energía! Esté usted á la altura del siglo, y trátele con el digno desprecio que merecen hoy todos los poderes constituídos.

—No olvide usted que es nuestro protector...

—Sí, nuestro Cronwell, como si dijéramos—añadió Rispall, con su superioridad histórica de costumbre.

En este momento se abrió de par en par la puerta del escritorio y entró por ella Puig, sin casi reparar en los tres personajes que, reprimiendo un grito de sorpresa, se quedaron clavados como estatuas en el pavimento.


CAPÍTULO IV