SIGUE CRECIENDO LA MAREA

Á dos pasos de Puig y con el semblante algo descompuesto, entró Ramiro con varias cartas abiertas en la mano y se dirigió á ocupar su puesto en la mesa grande que estaba en el rincón más obscuro del escritorio. El principal se adelantó á Ramiro, y continuando la conversación que debían traer por el corredor de entrada, le dijo:

—Se empeñan en no pagar el trimestre, y hay que averiguar si son ciertas sus disculpas.

—Aseguran que la cosecha ha sido malísima, que no han podido vender el grano.

—Por eso decía que es necesario saber la verdad. Si, por desgracia de todos, los pobres no pueden satisfacer lo que me deben, yo nada los exijo. El mal es más grande para ellos que para mí. Se les da un plazo prudencial..., y se les espera. Si mienten, se les ejecuta; digo, si no piensa usted de diferente modo.

—¿Yo? Líbreme Dios. Á usted le toca mandar, y á mí resignarme con sus órdenes; pero siento que me dé usted comisión semejante.

—Á mí me parece que sin principios de orden y de justicia no hay capital que pueda defenderse.

En este momento, los ojos de Puig, distraído hasta entonces, se fijaron en los tres individuos que estaban en el escritorio antes de su llegada y se habían quedado casi petrificados al verle. Doña Bernarda aparecía en primer término, y detrás de ella casi se escondía su sobrina con los ojos bajos y encendidas de rubor sus mejillas, más sin duda por la inesperada presencia de Ramiro que por la de su principal. Rispall pasaba el plumero con insistencia por sillas y legajos.

—¡Ah! No había visto á ustedes—dijo D. Juan con acento de sorpresa, comprendiendo que de algo inusitado se trataba cuando tan temprano invadían el escritorio Bernarda y su sobrina. Miró á ambas fijamente y ninguna de ellas sostuvo su mirada: contentáronse con responder un «buenos días» que más parecía despedida que salutación. Rispall fué el único que, conservando su aplomo y su superioridad cómica, añadió:

—Lo mismo digo—como si se dignara rebajarse saludando, no á un compañero, sino á un mozo de cuadra ó á un mendigo.