Puig, al escuchar su voz y al advertir su gesto, se encogió de hombros con indiferencia y se contentó con decirle:

—Qué, ¿estás aún aquí? ¿Dos horas para mal limpiar tres libros y dos legajos?

—¿Qué es eso de mal limpiar? Desafío á cualquiera...

—¡Basta!—dijo Puig, señalando á Rispall la puerta del escritorio.

—¡Y sobra!—respondió éste, marchándose con su plumero en la mano á guisa de espada, y dando un portazo que hizo retemblar las puertas vidrieras de todas las ventanas.

Reprimió D. Juan un pequeño movimiento de ira, y dando dos pasos hacia el centro de la habitación, se dirigió á Lucía preguntándola:

—¿Y tu padre? ¿No ha bajado por aquí todavía?

—No, señor...

—Está ya recorriendo los talleres...—dijo Bernarda, interrumpiendo á su sobrina y disculpando la ausencia de su hermano.—Ha madrugado, como siempre.

—¡No preguntaba yo tanto!