—Y á estas horas está toda la casa arreglada y limpia. No creo que tenga usted motivo de queja de nosotros.
—Y ¿quién la dice á usted semejante cosa? ¿Cuándo ni cómo me he metido yo en tales pequeñeces? ¿No es usted el ama verdadera de mi casa? ¿No manda usted y dispone en ella á su antojo?
—Según y cómo, Sr. D. Juan, según y cómo. Me guardaré yo muy bien de extralimitarme. Sé cuál es mi puesto y cumplo mi obligación de ama de llaves con la mayor escrupulosidad. Á eso me atengo, que eso es lo que usted ha dispuesto, y eso y no otra cosa es lo que verá usted en mí toda la vida.
—¡Qué ama de llaves ni qué zarandajas! Señora, yo estimo á usted tanto como quiero á Benito, mi compañero y amigo desde los primeros años de nuestra juventud. Yo tengo á Lucía, mi ahijada, un cariño verdaderamente paternal; y puesto que ustedes son mi única, mi verdadera familia, puesto que en ustedes tengo vinculadas todas mis afecciones y como á familia mía los trato y los riño, cuando viene al caso, exijo de ustedes, no el ceremonioso afecto con que me pagan, sino la leal amistad que les he tenido siempre. Esa es la única queja que yo tengo de ustedes, y esa es la verdadera alegría que le falta á mi corazón.
—Su corazón de usted se guarda de tal modo las cosas, que es punto menos que imposible adivinarlas. Antiguamente...
—Antiguamente, como ahora, y ese es su error de usted, los he querido y tratado del mismo modo. Si mi carácter no ha sido nunca expansivo y alegre, si tengo el defecto, que todos tenemos alguno, de reconcentrar en mí mismo mis sentimientos y de no dar dos cuartos al pregonero para que el público sepa y se entere de mis penas ó de mis alegrías, no por eso dejo de tener, como cualquiera, unas y otras; y lo extraño es que ustedes, que deben conocerme al cabo de tratarme tantos años, interpreten torcidamente, en perjuicio de nuestro mutuo afecto, mis palabras y hasta mi silencio.
—Lo que es yo, padrino, no sé...—dijo tímidamente Lucía.
—Por mi parte no creo haber dado motivo á semejante filípica—dijo Bernarda,—y si usted tiene hoy mal humor, como de costumbre, y quiere pegarla injustamente con nosotros, podía decirlo más claro...
—¡Y volvemos á la misma tema! Parece que tiene usted decidido empeño en no querer entenderme. Puesto que hoy, contra mi costumbre, me manifiesto expansivo y he dejado á mi corazón que vierta algo de la amarga hiel en que rebosa, procuren ustedes entenderme, que bien claro hablo. Yo no me he quejado nunca, ni me quejo hoy, ni me quejaría jamás, aunque no me faltara motivo para ello, de su conducta de ustedes en el cumplimiento de las obligaciones que ustedes, más que yo, se han impuesto. Usted, doña Bernarda, se ha empeñado en llamarse ama de llaves; Benito sigue llamándose cajero, y uno y otra son tan amos como yo de cuanto hay aquí, á pesar de no querer aparecer más que como empleados míos. Santo y muy bueno, á su gusto y con su pan se lo coman; pero yo he cumplido siempre lo que les dije al morir mi querido Bernaregui y al encontrarme heredero de su fortuna. Esta es su casa: aquí todo el mundo vive conmigo y aquí nadie paga nada más que yo. Ustedes quisieron tener sueldo fijo, para conservar su independencia, me dijeron, y se hizo lo que ustedes deseaban. ¿Les parece poco el que entonces me pidieron? Pues señálense el que quieran; á mí no me importa el dinero, y todo el que yo tengo es tan suyo como mío. Hablemos claro de una vez: dejémonos de suspicacias y de recelos y examinen su conciencia, que de seguro no ha de estar tan limpia como la mía.
—Nuestra conciencia está al nivel de nuestra honradez—respondió con gesto desabrido doña Bernarda;—y si administramos en cierto modo algo de su casa, tanto mi hermano como yo somos incapaces de pagar mal la confianza que en nosotros ha depositado.