—Pues la pagan ustedes muy mal, señora. ¿Por qué responden á mi cariño con su frialdad y con ese constante aire de reserva contrariada y de resignación ceremoniosa? ¿Qué notan de malo ó de desconsiderado en mi conducta, para que á mis perseverantes pruebas de afecto leal y desinteresado respondan con semblantes esquivos y no con caras placenteras?

—La gratitud, Sr. D. Juan, no es un sentimiento alegre, y con tal de tenerla, cada uno la manifiesta como puede.

—El respeto que todos tenemos á usted...—añadió Lucía.

—¿Y quién les pide á ustedes ni respeto ni gratitud? Cariño es lo que creo tener derecho á pedirlas y eso es lo que les pido, y eso es lo que ustedes, con muy mal corazón, se empeñan en negarme.

—¡Oh, no lo crea usted, padrino mío! Yo le quiero, y le quiero mucho; pero también debe usted conocer que su carácter serio no es el más á propósito para excitar en los demás, y con más razón en los que de usted dependen, confianza y expansión. Y sin embargo, basta con lo que usted acaba de decir, para que yo me enmiende desde hoy y le haga comprender que no soy ingrata á sus beneficios.

—¡Y dale con la gratitud! Olvida esa palabra y dame en cambio las muestras que quieras de tu cariño, pagando el que te profeso. Vamos á ver. Sé franca. Á algo habrás venido aquí al escritorio con tu tía tan de mañana. ¿Me buscabas? ¿Querías algo de mí? ¡Verás qué pronto nos entendemos!

Sin duda Lucía esperaba alguna mirada que la diera ánimos para contestar á D. Juan; pero Bernarda había bajado sus ojos, no sabemos si convencida ó irritada por las palabras de Puig, y Ramirito..., éste garrapateaba con furia en su pupitre fingiendo sin duda que no oía la conversación ó dando á entender que no iba con él nada de aquello. La pobre niña se vió desamparada en aquel trance supremo y sólo balbuceó:

—Yo no sé..., no debo ser yo...

—Habla, hija, habla..., no temas...

—No me corresponde hablar á mí... Mi padre es el que prometió ayer hablar á usted de un asunto muy importante.