—Tu padre nada me ha dicho, como nada me dice nunca.

—Pues á falta de mi padre..., yo creo que mi tía...

—Vamos, doña Bernarda, ¿qué ocurre? Deje usted ese aire de matrona ofendida y de estatua. Baje usted de su pedestal y dígame qué sucede.

—Si para usted soy una estatua, no me faltarán motivos, señor mío. Más valiera que no me pusiese usted en ridículo y no me exigiera lo que yo no puedo darle. Soy su ama de llaves y no otra cosa. No tengo más que decirle.

—Nos dejó pegados á la pared, hija, no hay manera de entendernos. Habla tú, y cree que nos será más fácil á ti y á mí llegar á un acuerdo.

—Á mí me parece que soy la única que no debe hablar. Si mi tía y mi padre guardan silencio, quizá otra persona puede hablar por todos.

Respondiendo á esta indirecta, que no podía ser más clara, oyóse el ruido de un taburete, y Ramiro, adelantándose con paso rápido, vino á ocupar el centro de la estancia. Su aire resuelto, su enérgico ademán, dieron valor á Lucía, que se acercó más á Puig. Éste se sonrió con malicia, y fingiendo una sorpresa que estaba muy lejos de sentir, por estar, como todo el mundo en la fábrica, enterado de los misteriosos amores de los dos chicos, se dirigió á Ramiro diciéndole:

—¡Calla! ¿Es negocio que le corresponde á usted?

—D. Juan, me corresponde á mí y á todos nosotros.

—Me ponen ustedes en cuidado. Ya le escucho... ¡Veamos!