—Sr. D. Juan, yo amo á su ahijada Lucía con toda mi alma. Su hermosura, sus bellísimas cualidades, su modestia y su virtud me tienen completamente hechizado. Ella corresponde á mi pasión con toda su alma y ambos hemos decidido acudir á usted para que nos conceda su beneplácito.

—¿Pero qué dice mi amigo Benito á todo esto?

—El padre de Lucía—continuó Ramiro—me ha concedido la mano de su hija, pero me ha exigido al mismo tiempo que alcancemos el permiso de usted, ya que es usted el padrino y el protector de la que ha de ser mi esposa.

—Eso es lo que sucede, y me parece que ahora no se quejará usted de nuestra falta de confianza y de cariño—dijo Lucía acercándose á D. Juan, que la estrechó tiernamente y por breves instantes entre sus brazos.

—¿Conque tu padre aprueba tu elección?

—La aprueba completamente, y claro es que, aprobándola él, los demás debemos conformarnos con su voluntad y no meternos en más—dijo Bernarda, queriendo dar por terminada la conferencia.

—No sea usted tan súbita, señora, y déjeme usted meter mi cucharada, que para algo habrán querido los chicos contar conmigo.

—Esperamos con ansiedad su consentimiento—dijo Ramiro.

—Su opinión, querrá usted decir—gruñó Bernarda.

—Y tiene usted razón; de mi opinión se trata, pues el consentimiento lo ha dado Benito, que es á quien únicamente corresponde. Pues mi opinión, muchachos, es que se debe aceptar en principio tal proyecto y que yo, por lo que á mí toca, no lo desapruebo. Tú eres buena, hija mía, pero me pareces un poco más impaciente de lo justo por dejar tu feliz situación de hija de familia; él es honrado y trabajador, pero no pone todo lo que puede para adquirir mayores conocimientos y arrojarse decidido en la carrera comercial, que paga casi siempre la actividad y la perseverancia con la fortuna. En una palabra, los dos sois demasiado jóvenes para el matrimonio: por esperar no perderéis nada, y por apresuraros en cargar con grandes obligaciones os exponéis á perder mucho. Yo tomo á mi cargo el asunto. Daré á Ramiro alguna participación en mis negocios; quizá convendrá que le mande algún tiempo fuera de Barcelona, á Cette, á Marsella, por ejemplo. Si es listo, si trabaja, si se hace digno de mi protección y de mi afecto, tu mano será su recompensa. ¿Te parece bien?