—¿No lo dije? ¡Adiós boda!... ¡Si ya me lo temía, sobrina!

—Yo hablaré después de este asunto con Benito...

—No se moleste usted; ha resultado lo que temíamos—dijo doña Bernarda con entonación resuelta y queriendo pluralizar sus malos pensamientos para que Puig no se fijara sólo en ella.—¡Era natural que así sucediese!

—¿Qué quiere usted decir, señora?

—Que del dicho al hecho hay gran trecho, y que no es lo mismo prometer una cosa que cumplirla.

Lucía y Ramiro, que con la contestación de D. Juan se habían quedado mudos y no disimulaban su desaliento, oyeron de distinta manera las palabras de Bernarda, que iban sin duda á producir una tormenta. Lucía protestó á su modo de aquellas palabras tirando á su tía del vestido, como aconsejándola que debían ambas retirarse: Ramiro, por el contrario, espoleó con su gesto de aprobación el partido adoptado por Bernarda.

—Hable usted claro y de una vez, y no me venga con sarcasmos ni indirectas. Sepamos lo que usted quiere darme á entender con su refrán—la dijo Puig.

—Pues lo que quiero dar á entender no puede ser más claro. Quiero decir, y digo, que si se ha arrepentido usted, como es costumbre suya desde hace algún tiempo, de todas sus promesas y no quiere dar hoy á mi sobrina el dote que la ofreció para cuando se casara..., lo diga usted claro y no ande con disculpas y con pretextos que no necesitamos.

—¡Pero qué mezquinos y miserables pensamientos son los de ustedes!

—Padrino, yo juro á usted que no he pensado nada malo.