—¿Cuál ha sido mi respuesta al plan de esa boda? Ó yo estoy loco ó es que quieren ustedes hacerme perder el juicio. Yo quiero á Lucía como si fuese mi propia hija, y si Benito tiene sentido común y no se ha vuelto estúpido con los consejos disparatados de su hermana, opinará lo mismo que yo. Lucía tiene diez y siete años; Ramiro, veintitrés: ¿qué edad es esa para casarse y para empezar tan pronto á llevar la pesada carga de padres de familia? Trabaje él algún tiempo, espere ella, y si yo me muero de repente ó me arruino, lo que no es difícil, que tengan algo propio con que mantenerse y dar carrera á sus hijos. ¿Qué hay en esto de tiránico ni de egoísta? ¿Con qué ojos me miran ustedes, que ven en todos mis actos, hasta en los más racionales y sensatos, un cálculo interesado, no un cariño previsor?

—Yo hago justicia siempre y hoy más que nunca á sus determinaciones de usted y estoy dispuesta á obedecerle en todo—respondió Lucía conmovida.

—¡Eso es! Hágala usted llorar ahora. ¿Á que tenemos todavía que pedirle perdón después de haber destruído todos nuestros planes?

—Señora, ¡es usted capaz de concluir con la paciencia de un santo!—dijo ya casi fuera de sí D. Juan, paseándose por el escritorio.

—¡Póngase usted ahora como un energúmeno, después de querer tiranizarnos aun en nuestros más pequeños negocios, cual si fuéramos sus esclavos!

—Doña Bernarda, haga usted el favor de retirarse—la dijo Ramiro, interponiéndose entre ella y D. Juan.—El principal no está ahora para atender á razones y podríamos tener un disgusto muy grande.

—Oiga usted, D. Chiquilicuatro—gritó Puig, ya en el colmo de su furor;—yo estoy siempre para escuchar razones; lo que no estoy dispuesto á escuchar nunca son necedades ni disparates.

—¡No todos podemos ser sabios!

—Tía, por Dios... Tranquilícese usted.

—Repare usted, Sr. D. Juan.