—Hombre, hombre, me parece que te excedes...

—¡Déjale que nos befe y nos insulte!...

—Hoy es día de verdades, y han de salir todas de mis labios. Vamos á ver, deja esa apatía y respóndeme sin rodeos. ¿Qué quejas tienes de mí?... Respóndeme: ¿cuál es tu conducta para conmigo en pago de la mía?

—¿Mi conducta? La más correcta, la más exacta en el cumplimiento de todos mis deberes. Me levanto siempre al ser de día, doy una vuelta por los talleres, examino los almacenes, vengo al escritorio, en él estoy sin levantar cabeza seis ó siete horas... Mi adhesión hacia ti y mi interés por los negocios de la casa no tienen límites; y en cuanto á exactitud en mis cuentas..., ahí tienes los libros; examínalos despacio...

—¡Cuentas!... De tu corazón te las pido, que no de tus libros. ¿Cuándo ni cómo he dudado yo de tu honradez?

—¡Pues sólo faltaba eso!—se atrevió á decir todavía doña Bernarda.

—Yo te ruego que las confrontes... desde el último arqueo...

—¡Vete al infierno con tu arqueo y tus números! Ya te he dicho que no se trata de tu probidad comercial, de tu conducta como cajero, ó como empleado, ó como dependiente ó como quieras, sino de tu amistad para conmigo. Estos no son negocios de dinero, ¿lo entiendes?, sino de alma.

—Pero vamos á ver..., ¿qué ha pasado aquí? ¡Á ver si nos entendemos!

—Nada más sencillo...: que le hemos hablado de la boda de tu hija...