—¡Ah, vamos, ya lo comprendo! ¿Y quién os ha metido á vosotros en semejante cosa? ¿No quedamos en que yo sería el que le hablara de tan delicado asunto? Incontinencia de mujeres, Juan...
—Y parece que ese plan no le acomoda hoy á tu amigo. ¡Puede que no vayan bien sus negocios! Y como prometió dotar á tu hija, nada tiene de particular que nosotros hayamos pensado...
—¿La oyes? ¡Pero no la oyes! ¡Si parece que la inspira Satanás!
—No, no, en eso tiene razón, amigo mío. Y si te opones á esa boda por el dinero que haya de costarte..., yo desde ahora...
—¡Vamos! ¡Dios me dé paciencia!—dijo Puig, reprimiéndose.
—Si no quieres ó no puedes darla hoy lo que la has prometido...
—¡Benito!...
—Tú eres el amo..., y nosotros no hemos de pedirte nada. Hartos favores te debemos. ¡El pan que comemos es tuyo!
—¡Si cuanto más me explico, más estúpidos se vuelven!—le respondió D. Juan sin poder ya contenerse.
—No es necesario para eso que nos insulte usted. No le hemos faltado en nada y no merecemos trato tan indigno...