—Y si es que quieres echarnos de tu casa..., lo dices claro...

—¡Esto ya no puede sufrirse!...—decía Puig desesperado.

—Y nos iremos sin despegar los labios, ¿lo entiende usted?

—Y ahora mismo, si tal es tu deseo...

—Papá..., tía..., ¡por Dios!

—¡Tu hermana está loca... y tú eres un tonto!

Y sin decir ni escuchar más palabra, Puig salió del escritorio.

Había acumulado durante tanto tiempo en lo más profundo de su corazón tal cantidad de desencanto y de pena, que se sintió aliviado de su peso con el esfuerzo que acababa de hacer. Su carácter reconcentrado, su calma habitual no habían bastado á contenerle en el límite de las conveniencias sociales, y es que lo que más subleva al hombre, por resignación que tenga y por sangre fría que atesore, es la injusticia.

Al ver mal interpretadas sus mejores intenciones, al escuchar las ruines sospechas de aquellos desagradecidos, al sentirse herido por los injustos dardos de la ingratitud y de la envidia, dejó de ser el hombre reflexivo y el espíritu tranquilo que estaba acostumbrado á desdeñar las pequeñeces humanas. Había gritado, vociferado, insultado á sus falsos amigos, y al recordar la triste escena, sentía haberse dejado arrastrar por la ira, pero experimentaba al mismo tiempo el dulce bienestar de una necesidad satisfecha, la de la defensa propia.

Pero volvió á poco rato la calma á triunfar de su razón. Entró en su cuarto de vestir, cogió el sombrero y se lanzó á la calle, necesitado de aire puro para respirar á sus anchas y de movimiento para distender sus nervios.