Los que encuentran en las obras dramáticas inverosímiles los monólogos, y fundan su equivocado juicio en que en el mundo real sólo hablan solos los locos, están en uno de los errores más crasos de la inteligencia humana.

El teatro es una copia de la vida, y el autor dramático sólo usa de la licencia de hacer hablar alto al que piensa, para poner de manifiesto al público sus ideas y su pensamiento; pero el hombre monologuiza en todas las situaciones graves de la vida. Cuando la pasión se pone en lucha con el raciocinio, cuando un vasto proyecto necesita del cálculo para su completa elaboración, el hombre habla solo, aunque no sea en voz alta, y muchas veces, muchas, sorprendemos en la calle, en los paseos, hasta en las reuniones públicas, á hombres y mujeres que en medio de su abstracción profunda lanzan palabras sueltas ó suspiros entrecortados ó carcajadas expansivas, y aquellos hombres y mujeres no están ni más ni menos locos que el resto de los humanos.

En esa situación de ánimo estaba Puig al encontrarse sin saber cómo, y llevado inconscientemente por sus pies distraídos, en el paseo de Gracia.

«Todo es inútil—pensaba y se decía á sí mismo;—ni la bondad, ni la tolerancia, ni el amor pueden conseguir que nos perdonen la riqueza los que se creen con más derecho á ella que nosotros. Yo procuro ser bueno, generoso, justo con todos los que me rodean, y sólo recojo de mi siembra de beneficios cosecha de ingratitudes y de odios mal encubiertos. ¡Oh envidia del bien ajeno! ¡Oh codicia de los bienes de fortuna, tan inútiles para conquistar corazones! ¿Qué extraño es que el hombre busque por todos los medios la posesión del oro, si ese metal codiciado es la piedra de toque de todos los afectos humanos?

»Mi amigo Benito, á quien hoy juzgan todos bueno, sensible, humilde, generoso, ¿sería juzgado del mismo modo si poseyera mi fortuna? ¿No se deja decir á boca llena que, si él fuera rico, nadie padecería á su lado y que sólo emplearía su fortuna en hacer dichosos? ¿Y no quiero yo hacer lo mismo que él pretende y sólo consigo su desdicha y la mía?

»¿Si seré yo el injusto y el desconsiderado, y tendrán todos razón contra mí, que me creo el único sensato y razonable? ¿Quién sabe si el dinero me habrá hecho adusto, tiránico, despótico, y lo que yo creo razón, justicia, derecho, no son más que palabras mentidas con las que el egoísmo y el amor propio pretenden disfrazar mis defectos y mis vicios?

»Con esta duda es con la que no puedo vivir. Esta es la verdadera causa de mi tristeza continua; esta desconfianza de mí propio es la que me condena á perpetua melancolía. Ó ellos ó yo nos equivocamos, y yo quiero salir de esta incertidumbre. He vacilado mucho, pero hoy estoy resuelto... ¡Ayúdeme Dios y dé con su eterna sabiduría razón al que la tenga!»

Y diciendo estas últimas palabras casi en voz alta, como en monólogo de teatro, apresuró el paso y se dirigió á una casa de la rambla del Centro. En el portal y grabado en una placa dorada se leía este letrero: Ortiz de Llauder, Notario.