CAPÍTULO V

CONCILIÁBULO DE FAMILIA

Á lo menos D. Juan Puig había tenido el buen acuerdo de salir á la calle á tomar el fresco, logrando disipar con la impresión del aire libre sobre su frente la excitación de su cerebro. Los dos hermanos Bonet y Lucía y Ramiro se habían quedado asombrados de sí mismos y aturdidos aún de la terrible escena de que habían sido autores é intérpretes al mismo tiempo.

Su primer y simultáneo movimiento fué mirarse unos á otros como para cerciorarse de que era verdad cuanto había pasado, y el segundo acuerdo, tan lógico y natural como el primero, fué echarse la culpa unos á otros de todo lo ocurrido.

¿Cómo una señora de juicio, tan buena cristiana como doña Bernarda, había abrigado en su alma tan malos pensamientos respecto al prójimo, y lo que es peor y más torpe, había increpado en voz alta á Puig, sin pruebas y sólo por sospechas, de que éste pensaba guardar en sus arcas el dinero del dote que había ofrecido á su sobrina?

¿Cómo el justo, el sensato, el angelical D. Benito había supuesto que su amigo de toda la vida, por rico que fuese, por tiránico que se mostrase con sus empleados y dependientes, quisiera echar á la calle á él y á su familia, y á quién sino á un tonto podía ocurrírsele apuntar semejante idea, para que el otro pudiera aprovecharla el día menos pensado y sumirlos en la desesperación y en la miseria?

¿Por qué el tal Ramirito, que no servía para nada, en vez de ponerse en la disputa al lado de su principal y darse por muy contento con los ofrecimientos de éste, había tratado de exigir su cumplimiento á plazo fijo, ayudando en su rebeldía á su futuro suegro y á su tía política, desconociendo que éstos debían á Puig respeto, consideración y cariño?

Y aquel diablo de chiquilla, siempre dispuesta á defender á su padrino en todas las pequeñísimas discusiones que á diario estallaban entre unos y otros, ¿por qué no había encontrado aquella mañana, en una situación más grave que las demás, acentos conmovedores y aun lágrimas oportunas que hubieran podido calmar la tormenta y hasta aumentar quizá la cantidad desconocida, que Puig había prometido entregarla como dote el día de su casamiento?

Esto pensaba de los demás cada uno de los quejosos, que á su vez estaban dispuestos á jurar, si llegaba el caso, que ninguno de ellos tenía la culpa de lo ocurrido y que sólo los otros tres eran con su imprevisión y su incontinencia de palabra culpables del suceso.