Pero el tiempo transcurría, al escritorio iban llegando los otros dependientes, por los corredores de la casa iban y venían mozos y comisionistas, y allí no se podía hablar en secreto, ni cambiarse impresiones, ni tomar determinación ninguna. Y la situación era grave, y podía serlo más, si al regresar Puig á la fábrica los encontraba indefensos y sin haber convenido en su plan de ataque ó por lo menos de defensa. Tan sentida fué por todos esta necesidad, que á una seña casi imperceptible de doña Bernarda los conspiradores echaron á andar detrás de ella, y fingiéndose los distraídos y adoptando el aire más indiferente del mundo, dieron con sus cuerpos en el gabinete-tocador de la señora que los precedía, situado como todas las habitaciones de la familia Bonet en el piso segundo del edificio.
Entrar todos y cerrar la puerta por dentro doña Bernarda fué una misma cosa. El cuarto era pequeño; los muebles modestos y viejos, sin llegar á ser antiguos, pero veíase en el arreglo y lustre de todos ellos el solícito cuidado y la constante limpieza de su propietaria. Un retrato fotográfico de Lucía, más parecido que artístico, y un Eccehomo al óleo, ni artístico ni parecido, eran los dos únicos cuadros que adornaban las paredes. Separaban el gabinetito de la alcoba unas colgaduras de yute sencillas y chillonas, y sobre un velador ovalado aparecían en correcto legajo los últimos veinte ó treinta números de El Siglo Futuro, órgano político de doña Bernarda.
La ventana, orientada al Norte, daba á la calle, y por la disposición del edificio, desde ella se veía forzosamente á todo ser humano que en él penetrara: por eso había elegido doña Bernarda su gabinete, en un arranque de previsión, para celebrar aquella magna conferencia que iba sin duda á decidir de la suerte de todos. Desde aquella ventana, verdadero observatorio, verían volver á Puig á su domicilio, y tendrían tiempo, antes de que él penetrara en la fábrica, de ocupar cada uno su puesto y fingirse abstraídos en el cumplimiento de sus respectivos deberes.
Ya hemos indicado que doña Bernarda, como casi todas las neocatólicas españolas de pocos alcances, y según describe la ilustre Pardo Bazán á la doña Benigna de su admirable novela Una Cristiana, tenía como concepción religiosa arraigada la de un Dios airado, rencoroso é implacable: el Dios bíblico que visita la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación. Creía buenamente que Dios lo castiga todo á raja tabla, aquí de tejas abajo; y se imaginaba además que esas venganzas y represalias celestiales estaba el Señor dispuestísimo á ejercerlas contra todos los que la molestasen á ella, Bernarda Bonet[1], por cualquier causa ó en cualquier asunto. Gracias á aquella incapacidad suya de generalizar las ideas, presumía que sus agravios y resentimientos personales interesaban muchísimo á la Divinidad; así es que las primeras palabras que pronunció, al ver reunidos á los conspiradores en su gabinete-tocador, fueron casi las mismas que la habitante de la Ullosa:
[1] Benigna Unceta, en Una Cristiana.
—¡Ya verán ustedes como Dios castiga á ese hombre, sin palo ni piedra! Ya lo verán..., dejen correr al tiempo. ¡No se escapa! La que á mí me ha hecho, ¡ya se la tomará Dios en cuenta!
—¡Y á mí que me ha llamado tonto! ¡Á mí que me está siempre calificando de débil, de apocado, de rutinario! Ya se ve..., como que no soy nadie; como que mis escasos medios no me permiten tener grandes ideas. Si yo fuera rico, no sólo no me insultaría, sino que todo lo que yo pensara ó dijera lo tendría por sublime, por acertado, por inmejorable.
—¿Qué quiere usted, amigo D. Benito? ¡Ese es el mundo! ¡Poderoso caballero es don dinero!..., que dijo el poeta; sin él todos somos unos necios: con él todos seríamos unos grandes hombres.—Y creyendo haber dicho una gran cosa, Ramiro buscó su aplauso en los ojos de Lucía, que no estaban en aquel momento para aplaudir á nadie.
—De todo esto resulta, sobrina—dijo doña Bernarda, queriendo sentar conclusiones que sirvieran de base á la conferencia,—que se aguó tu casamiento y que nuestro plan era tiempo perdido.
—¿Y por qué hemos de dar por desbaratado el matrimonio?—contestó Ramiro con ademán resuelto, decidido á afrontar la situación.—Yo sé trabajar: no soy un holgazán ni un ser inútil, y si las puertas de esta casa se me cierran, yo sabré encontrar trabajo en cualquiera otra. En Barcelona, y fuera de ella, lo que sobran son casas de comercio ó de banca, fábricas ó empresas industriales que necesitan hombres honrados é inteligentes..., y trabajando en cualquier escritorio como trabajo en éste, seré mejor recompensado.