—Pero, hombre, la cosa no es para tanto, ¿ni quién le ha dicho á usted que está de más en esta casa? Ni Juan ha extremado su oposición á la boda de mi hija, á lo menos delante de mí, ni le ha dado á entender que le eran innecesarios los servicios que usted le presta.

—No me lo ha dicho claro, pero quizá me lo haya querido dar á entender; y yo no estoy en el caso de tolerar que nadie me falte. Hoy he sido prudente; pero, si se propasa otra vez, no respondo de mí.

—Hombre, á mí me parece que con usted no se ha propasado. En medio de todo hay que hacerle justicia... Juan es bueno..., muy bueno...

—¡Bonísimo!—dijo doña Bernarda, con su sonrisa irónica habitual,—¡inmejorable! Tú sí que eres el bueno, el santo, el infeliz, y por eso le defiendes sin cesar y á todo propósito. ¡Ya le ajustará Dios las cuentas!

—Yo no puedo olvidar nunca que cuanto tenemos y cuanto somos se lo debemos á él, á él exclusivamente. Bueno, muy bueno era Bernaregui: mucho me debía, y sin embargo, si no hubiera sido por Puig..., su heredero universal, no sé qué hubiera sido de nosotros. Pediríamos limosna á estas horas.

—Ni tanto, ni tan calvo. Cajero eres en esta casa, pues cajero hubieras sido en otra: yo trabajo aquí hasta echar el alma por la boca, pues lo mismo hubiera trabajado en otra parte; en una palabra, si él no nos debe nada á nosotros, nosotros no le debemos nada á él, y no estamos en el caso de sufrir siempre en silencio sus tiranías y sus palabrotas.

—En eso no tienes razón. Juan no es hombre de malas palabras.

—Si el llamarme á mí estúpida, y á ti tonto, y á Ramiro chiquilicuatro, te parecen elogios y dulces frases, ya no hay más que hablar: con tu pan te lo comas y buen provecho te haga. Pero yo, por mi parte, no estoy dispuesta á tolerárselos por más tiempo, y por eso he querido que nos reuniéramos aquí inmediatamente, para resolver lo que hemos de hacer y para llevar á cabo nuestras determinaciones desde este momento.

—Nada de precipitaciones, Bernarda: tú tendrás razón en ciertos detalles, pero aquí hay que considerar el fondo de las cosas. Esta casa es como nuestra, puesto que en ella vivimos y comemos, sin costarnos un céntimo. Yo puedo guardar todo mi sueldo, como le guardo efectivamente, y no un sueldo de tres mil pesetas, que es el que tuvo aquí siempre Puig cuando vivía Bernaregui, sino de cinco mil. Tú puedes también economizar imponiendo en la caja de ahorros, como le impones, todo tu salario de ama de llaves ó de gobierno, y de ese modo...

—¡Mi salario! ¡Ahí tienes su mayor infamia! Ama de llaves..., ese es el humillante puesto que yo desempeño aquí. ¡Yo que tenía derecho á esperar que me ofrecería el primero, el único que me corresponde!...