—En cuanto á eso, yo creo que á él no se le ha pasado jamás por la imaginación la idea de casarse, y por lo tanto...
—¿Y por qué no se le ha ocurrido semejante idea? ¿No podía haber comprendido que una mujer casadera podía y debía esperar de un amigo de toda la vida otra situación más definida, más digna y más decente?
—Pero, hermana, si tus quejas no tienen más razones que tus propios deseos, no creo que estés en lo justo al acusarle.
Como se ve, aquella conferencia, que parecía haberse empezado á celebrar para el bien general, tomaba el carácter de una situación particular, y no siendo muy edificante por cierto para los castos oídos de una doncella, obligó á Lucía á refugiarse en el quicio de la ventana y á separarse en cierto modo del grupo beligerante de los dos hermanos. Por prudencia, ó por deseo de aprovechar la ocasión de cambiar impresiones con su amada, Ramiro se acercó á ella y casi se desentendió de la conversación de los dos hermanos que continuaron del siguiente modo:
—¿Y hubiera hecho algo de más ese hombre en ofrecerme su mano? Hasta por el bien parecer, puesto que todos vivimos bajo el mismo techo, ¿no hubiera sido más natural y más decente que me hubiera hecho su esposa?
—Hombre, eso no pasa de ser una opinión tuya.
—¿También vas á defenderle en ese terreno?
—¡Yo no! Pero hay circunstancias..., tu mismo carácter...
—Cuando no era rico, cuando él y tú erais dos dependientes, y no otra cosa, de Bernaregui, bastantes bromas me daba y bastantes veces me dió á entender, con sus miradas y con su silencio, que no le parecía yo tan desprovista de mérito ni tan insignificante como ahora.
—¿Qué me cuentas? Pues te juro que nunca me dijo á mí la menor palabra sobre tal asunto...