—Me parece que con indicármelo á mí tenía bastante. «¡Qué buena está usted, vecina!,» me decía á menudo; «¡qué colores de rosa se ha traído usted esta mañana!; ha dicho usted eso con mucha gracia; ¡qué cutis tiene usted tan suave, Bernardita!» y siempre cosas por el estilo. Pero desde que se vió amo y señor de la casa, desde que nos vinimos á vivir con él por expresa voluntad suya: «Tome usted el dinero del mes; cuatro y cuatro ocho, y nueve diez y siete, y cuatro veintiuno; tome usted por junto el bacalao; el aceite ha subido...» ¡y eso es todo! Ni me mira, ni me escucha, ni atiende casi á mis observaciones. ¡Está visto que para ese hombre ni tengo ya frescura, ni gracia, ni cutis!

—Yo ignoraba todo eso; pero, hija, nada tiene de extraño semejante cambio. Es difícil que el hombre pueda sobreponerse á su mudanza de fortuna.

—Pero cuando un hombre es bueno, como tú dices que lo es Puig, cuando se tiene buen corazón, aunque la cabeza se desvanezca algo con la fortuna, no se debe hacer sufrir á los seres que nos rodean. ¿No opinan ustedes lo mismo, niños?—concluyó Bernarda, dirigiéndose á los dos amantes, que discretos y distraídos consigo mismos se habían enfrascado en una conversación íntima.

—Indudablemente, señora—respondió Ramiro sin saber de lo que se trataba.

—¡Ya lo creo, tía!—añadió Lucía, retirándose un poco de la ventana y dispuesta á tomar parte en la conversación, si se generalizaba. Precisamente tenía muchos deseos de dar su opinión clara y resuelta, apenas se la pidieran.

—¡Pues qué!—continuó doña Bernarda, dirigiéndose á Benito,—si tú hubieras sido el heredero universal de Bernaregui, ¿harías lo que él hace? ¿Serías lo que él es? ¿No nos hubieras hecho felices á todos? ¡Habla, hombre, habla!

—Hermana mía, Dios lo ha dispuesto de otro modo, y tú mejor que nadie sabes que hay que conformarse con sus designios.

—La verdad es que sólo por ser sus juicios incomprensibles se pueden comprender ciertas cosas.

—No por mí, os lo juro, sino por el prójimo, hubiera querido ser rico. Yo soy un hombre de modestas aspiraciones, de constante amor al trabajo y de conformidad cristiana para soportar todas las penalidades y escaseces. Pero quisiera haber heredado esa gran fortuna sólo por no ver á mi lado ninguna tristeza ni ninguna escasez. No por mí, lo repito, sino por mi hija, por mi hermana, por esos desdichados obreros de la fábrica que ganan su mísero jornal con tantos sudores, por usted mismo, Ramiro, tan digno de mejor suerte, echo de menos los millones de Puig. No por ambición, sino por filantropía, por deseos de hacer dichosos á todos los que me rodean, incluso al mismo Puig, exclamo á todas horas: «¡Si yo fuera rico!»

—De seguro que entonces no habría ni un desgraciado en la fábrica—dijo Ramiro, que de algún modo había de corresponder á los buenos deseos de su futuro suegro.