—¡De seguro! Lo primero que haría era casaros y arreglar en la casa habitaciones á propósito para la nueva familia. ¡Todos juntos, siempre!
—Y en cuanto á Puig, á ese señor que nos trata con tanto despego hoy y que nos considera como esclavos suyos...—dijo Bernarda.
—¡Oh!, á ése yo le aturdiría á beneficios. Por lo pronto, y que quieras que no, le casaba contigo inmediatamente.
—Respecto á mi boda con su bellísima hija de usted, no es necesario que usted sea rico para celebrarla en seguida. Yo la amo con delirio, ella paga mi amor, y estoy resuelto, suceda lo que suceda, á llevarla al altar inmediatamente. Si usted no quiere esperar á que D. Juan señale la fecha que le agrade, aquí me tiene. Disponga lo que se le antoje y déjeme darle pronto el nombre de padre.
—¡Eso es hablar!... Y si mi hija opina como usted...
—Yo tengo el sentimiento de no opinar como Ramiro. Le amo, ¿á qué negarlo?; deseo, como es natural en toda muchacha soltera, casarme con el hombre que mi corazón ha elegido; pero basta que mi padrino desee retardar esa boda, por motivos que á él le parecen acertados, para que yo no le contradiga y me resigne á seguir sus consejos y aun á respetar sus órdenes, si como órdenes quiere imponerme sus opiniones. Esta es mi resolución, que no creo debe desagradar á ustedes y que de positivo nos ahorrará á todos serios disgustos, y quizá una ruptura, de que todos tendríamos que arrepentirnos.
Con profundo silencio se oyeron las breves razones de Lucía. Doña Bernarda quiso protestar, sin embargo, y hasta empezó á decir:
—Con todo..., repara, sobrina...
—D. Juan querrá tan sólo mi bien—prosiguió ésta con entonación resuelta—y yo, como debo, me allano en todo á su gusto.
—Pero, Lucía..., mi amor...—dijo Ramiro.