—Su amor de usted tendrá la amabilidad de esperar como el mío. Y en cuanto á mi mano, crea usted que se la tenderé con gusto, con mucho gusto, el día que mi padrino se la conceda á usted solemnemente.
No había nada que contestar á una decisión manifestada tan enérgicamente, y como si la casualidad quisiera concluir de hecho aquella conferencia que había concluído de derecho por sí misma, vióse venir á lo lejos á D. Juan Puig, que bajaba por la calle con dirección á la fábrica.
—Ya vuelve—dijo Bernarda dando la señal de alarma.
—Ramiro, cada cual á su puesto. Ustedes, señoras, se quedan aquí: nosotros al escritorio; aquí no ha pasado nada.
Eso dijo Benito con rapidez, y sin hablar más palabra salieron los dos hombres del gabinete.
***
Cuando Puig entró en el escritorio estaba todo el mundo en su sitio como si efectivamente no hubiera pasado nada.
Volvía el principal un poco más pálido que de costumbre, pero tranquilo y sereno al parecer: atravesó el escritorio, pieza grande y algo destartalada, y sin detenerse en el sitio que acostumbraba en el testero de la mesa donde escribía Ramiro, abrió la mampara que daba á su despachito particular y entró en él, más pensativo que de costumbre. D. Benito y Ramiro le observaban con el rabillo del ojo, fingiendo estar ocupadísimos. La mampara quedó abierta y pudieron ver que Puig dejaba en un rincón su bastón y su sombrero y se ponía á escribir sobre su mesa con verdadero encarnizamiento.
Rispall, el furibundo demagogo, penetró en el escritorio, y con el énfasis peculiar de su oratoria, dijo á D. Benito, casi á gritos:
—El corresponsal de Olot ha venido ya dos veces para decir que se remitan hoy mismo los veinte fardos que ha pedido.