—¡Basta!—dijo Puig.
—Yo te ruego que le perdones...
—¡Siempre defendiendo á todo el que falta á su obligación! ¡Te has hecho abogado perpetuo de holgazanes y de perdidos!
—Y no creo ofenderte con eso... Mi corazón es bueno.
—No creo que el mío sea malo; pero siendo el tuyo tan superior al mío, bien podías emplearle más en mi provecho y en mi servicio.
—Me parece que en cuanto á cumplir mi obligación...
—Tu obligación primera es mirar por mis intereses, que después de todo son también los tuyos, puesto que de ellos vivimos ambos.
—Yo protesto de tus palabras...
—Dejemos eso: vete á despachar ese asunto, y usted, Sr. Rispall, aguárdese.
Salió Benito cariacontecido del escritorio, y no menos aturdido que su defensor se quedó el criado adivinando el giro que iba tomando el asunto.