Puig se paseaba de un extremo á otro de la habitación, como siempre que tenía que resolver un negocio grave, y parándose de pronto frente á Rispall, le dijo:
—Y tú, desde este mismo instante, puedes ahorrarte todo trabajo y á mí el disgusto de tener que sufrirte...
—En eso estamos de acuerdo. Las elecciones municipales se aproximan, y estoy resuelto á presentar mi candidatura para concejal... ¿Quién sabe si antes de dos años vendrá Ruiz Zorrilla y seré gobernador ó director de contribuciones?
—Tú serás siempre un imbécil, y lo único que debes hacer es aprovechar la lástima que te tengo y comer en la fábrica de limosna, sin robar un salario que desde hoy tendrá en mi casa quien me sirva mejor.
—¿Cómo? ¿Me despide usted de su casa?
—Debía hacerlo por holgazán y por inútil; pero ¿dónde has de ir, infeliz?
—Vamos: ¡si en eso había de venir á parar la antipatía que usted me ha tenido siempre! Claro, ¡como que he sido cantonal!
—Lo que tú has sido y serás toda tu vida es tonto de capirote.
—¡No me trataría usted de este modo si hubiesen triunfado las Cortes el 3 de enero! Pavía es el que tiene la culpa de lo que á mí me pasa.
—Bueno, pues quéjate á Pavía y quédate á comer y á dormir en mi casa hasta que encuentres quien te admita en la suya, pero sin obligación ni cargo alguno. Así podré á lo menos estar servido á gusto.