—¡No se concibe ingratitud semejante!

—¿De veras? Me gusta la palabra.

—Sí, señor, ¡ingratitud y despotismo! ¡Al fin conservador, ó constitucional, que para mí es lo mismo!

—¡Ven aquí, animal!—dijo Puig ya fuera de sí, cogiendo al criado por la solapa de la americana y zarandeándole con sus manos de hierro.—Si otro que yo fuera aquí el amo, ¿crees que te hubiera soportado un solo mes? ¿Te figuras que se puede servir á nadie con tus negligencias y tus barbaridades? ¿Conque soy un tirano y un desagradecido? ¡Vete, quítate de mi presencia inmediatamente, y si cambias de amo, ya me echarás de menos algún día!

—Esa es su opinión de usted—dijo entre dientes Rispall, desasiéndose de las garras del principal.

—¡Vete, te digo! ¡Que no vuelva yo á verte más!

—¡Ya me voy, ya me voy!—dijo el criado, saliendo á escape del escritorio y murmurando por el corredor: «¡Si es peor que Calomarde! ¡Si es infinitamente peor que el Chaperón que pinta Pérez Galdós en el Terror de 1824

Los escribientes en general y Ramiro en particular habían presenciado la escena sin tomar la menor parte en ella. El día seguía tan tormentoso como había empezado, y lo mejor era apartarse de la nube. Mirólos á todos Puig, como ansiando que alguien le contradijera, y no encontrando en aquellas fisonomías la menor señal de protesta, volvió á su despachito, dejando otra vez abierta la mampara, cosa que le sucedía raras veces, cuando se abstraía en algún trabajo particular que exigía el silencio y la soledad. Diríase por esto, y por las señales de impaciencia que se observaban en su semblante de cuando en cuando, que esperaba algo ó á alguien con interés profundo.

Á los pocos momentos volvió á aparecer Benito por la puerta del corredor con unas facturas; se las entregó á Ramiro y pasó á su mesa á escribir, no sin haber echado antes una mirada escudriñadora al despacho de Juan. Éste permanecía sentado en su sillón, con la frente apoyada en su mano derecha. ¿Pensaba ó sufría?

No era tanta la calma y el silencio en el gabinete de doña Bernarda. Ésta, que había visto derribarse su castillo de naipes de escándalo y de reyerta con la atinada y enérgica decisión de su sobrina, la emprendió con ella en cuanto se quedaron solas, y con burlas primero, con indirectas después y con insultos por último, obligó á Lucía á defenderse de sus injustas acusaciones y de sus malos juicios.