Lo que menos se le ocurrió decir á la irascible solterona fué que su sobrina, más atenta á adular á su padrino para que aumentara su dote, que á velar por la dignidad y el decoro de su padre, hacía causa común con el enemigo de todos, poniendo á su familia en ridículo y á su novio en una situación desairadísima. La pronosticó, como siempre que alguien destruía sus planes de venganza y de ira, que Dios la castigaría por su desobediencia y su egoísmo y que ya tendría algún día que arrepentirse de la conducta que había observado con su padre en aquella hora memorable.

Ni D. Juan la dotaba, ni la dotaría nunca. Pasarían años; Ramiro se cansaría de esperar, ó si se iba fuera de Barcelona la olvidaría por otra; ella seguiría solterona y desesperada, y pobre, abandonada y huérfana, porque su padre y su tía se morirían de los disgustos que les daba, quedaría á merced del avaro y del infame D. Juan, que la tendría siempre hecha una fregona ó que quizá pretendería hacer de ella su vergonzosa concubina.

Tales horrores causaron, como era natural, en la muchacha una verdadera desesperación que terminó en un mar de lágrimas, mientras su tía, más enojada aún con el llanto que con las palabras, daba golpazos sobre los muebles y llamaba á Dios y á los santos para que castigaran la desobediencia de su sobrina. Allí las dejaremos para mejor ocasión, puesto que nos llama en el escritorio un acontecimiento desacostumbrado.

***

Vestido correctamente de negro, con un pliego sellado y lacrado en la mano y con unas gafas de oro sobre su nariz aguileña, se acercó á la mesa donde Benito escribía el notario D. Ramón Ortiz de Llauder, persona apreciabilísima y uno de los más considerados de Barcelona. Expuso á Benito la urgente necesidad que tenía de hablar á Puig, y le rogó que le pasara recado, suplicándole diera de mano á sus ocupaciones, por importantes que fuesen, toda vez que tenía que hablarle en el acto de una cosa más importante que todas las que podían referirse á la casa de comercio.

Extrañando Benito, no tanto la presencia de Llauder como sus palabras, se levantó rápidamente de su silla y entró en el despacho de su amigo y jefe. Éste, que parecía no haber reparado en la entrada del notario en el escritorio, alzó los ojos y miró á Benito fijamente.

Diríase que pretendía rebuscar con su mirada el fondo de la conciencia de su amigo.

—¿Qué traes? ¿Ocurre algo de particular?—le dijo.

—¿Estás ya de mejor humor que esta mañana?

—No le teníamos todos muy bueno—contestó Puig sonriendo.