—Me parece que el tuyo sobrepujaba al de todos; pero en fin, tú eres el amo y puedes tener el que te acomode.
—Esa no es una razón; y si te ofendí en algo, te ruego que lo olvides y me perdones.
—No hay nada que perdonar. Esas son libertades que puede tomarse la amistad cuando es tan antigua como la nuestra.
—Así lo creo y te agradezco tus palabras. Ahora, ¿qué ocurre?
—D. Ramón Ortiz de Llauder, el notario de Bernaregui y creo que sigue siéndolo tuyo, desea hablarte inmediatamente para un asunto muy grave.
—¡Buscarme aquí y no citarme para su casa! Sin duda es negocio de excepcional importancia. ¿Dónde está?
—En el escritorio; desde aquí puedes verle.
—Dile que pase inmediatamente..., ó mejor, se lo diré yo mismo. Sr. de Llauder, pase usted, pase usted por aquí; para usted no estoy yo nunca ocupado. No tiene usted nunca necesidad de quien le anuncie.
Y uniendo la acción á la palabra, tomó de la mano al notario y entró con él en su despacho. Viendo que Benito se disponía á cerrar la mampara y á dejarlos solos, empujó suavemente á su amigo dentro de su despacho y le dijo:
—Cierra tú la puerta por dentro y quédate con nosotros. Para ti no hay ni debe haber nunca secretos en mi casa.