Una señal de asentimiento de Benito y un movimiento de gracias del notario respondieron simultáneamente á la interrupción de Puig.
«No extrañarán ustedes—prosiguió el depositario de la fe pública—que así por las funciones de mi ministerio, como por la verdadera y desinteresada amistad que con Bernaregui me unía, esté yo mucho más enterado que ustedes mismos de algunas circunstancias de su vida y de la marcha de un asunto completamente privado que fió á mi honradez y á mi silencio.
»No fué hijo único Bernaregui de sus honrados padres, pero sí era el primogénito, y si aquéllos hubiesen poseído una fortuna, á él exclusivamente le hubiese correspondido con arreglo á nuestra legislación regional. Pero aquellos padres, que querían á Joaquín con delirio y que eran quizá algo injustos con Miguel, su hijo segundo, no dejaron al morir á los dos hermanos más que lo necesario para enterrar á sus padres con decencia y para vestir por su muerte el luto reglamentario.
»Diez y siete años contaba Joaquín y quince Miguel cuando quedaron huérfanos; pero tal era la diferencia de sus caracteres, de sus aficiones y hasta de sus fisonomías, que nadie, á no saberlo, los hubiera tenido por hermanos. Como Joaquín conocía y lamentaba la preferencia que con él habían tenido sus padres respecto á su hermano, y achacaba á esta injusta desigualdad casi todos los defectos de Miguel, todo su empeño y su único afán fué hacerse perdonar de éste aquellos errores paternales y lograr con su cariño y sus eternos sacrificios conquistar aquel corazón que siempre había permanecido cerrado al amor fraternal. Dióle á elegir carrera, pagóle maestros particulares, vistióle con lujo, le rodeó de comodidades, satisfizo todos sus caprichos, y mientras él economizaba el último céntimo y vivía miserablemente matándose á trabajar sin tregua ni descanso, su hermano vivía en la holganza, adquiría vicios, contraía deudas, se hacía camorrista, jugador y tramposo, y sordo á los consejos y ciego á los ejemplos, amenazaba ser con el tiempo un criminal, un bandido.
»Decir á ustedes la pena de Joaquín Bernaregui; referirles las veces que, sacándole de manos de tahures y busconas, esperó en sus propósitos de enmienda y desesperó al ver su constante reincidencia, sería el cuento de nunca acabar. Baste decirles que un día desapareció Miguel sin participar á su hermano el lugar donde iba á fijar su residencia y sin dejarle siquiera dos palabras que expresaran su gratitud y su cariño, y que esta desgracia fué para Joaquín, á pesar suyo, la base de su fortuna y el origen de su eterna desdicha.»
—De su eterna dicha habrá usted querido decir—exclamó Benito, interrumpiendo al notario.
«He querido decir, señores, lo que he dicho. El pobre Bernaregui fué siempre desventurado, y si ustedes recuerdan bien los detalles de su carácter, y si no se han explicado su profunda melancolía y no han sabido darse cuenta de la verdadera enfermedad que le quitó la vida, hoy, por necesidad triste para mí y por las circunstancias que á ello me obligan, descorreré el velo que cubría, aun á los ojos de ustedes, sus verdaderos y únicos amigos, aquella existencia tan desdichada.
»Diez años son generalmente plazo brevísimo para los hombres inactivos ó perezosos que no saben aprovecharlos; pero para una naturaleza activa, para un carácter emprendedor, para un alma vehemente y perseverante al par, cualidades que rara vez se ven juntas, diez años son casi una vida. En ellos, y gracias á la suerte que ayudó en esta ocasión al inteligente trabajo de Bernaregui, vióse éste dueño de la fábrica que aún hoy lleva su nombre, querido de cuantos le trataban, considerado en el comercio y citado en Barcelona como modelo de honradez, laboriosidad y acierto en sus empresas. Contaba entonces treinta años, y al cumplirlos y al verse dueño de una fortuna modesta, pensó por primera vez en compartirla con una mujer honrada que llevara dignamente su nombre, que fuera su amante compañera y á quien querer como mitad de su propio corazón y como madre de sus hijos.
»Poco puede entender de achaques femeninos quien consagra su vida á la constante labor del trabajo. Requiere el amor, como tirano egoísta, la abstracción completa de ocupaciones y pensamientos, y no suele dar su confianza, ni abrir la llave de sus secretos y de sus placeres, sino al que renuncia por él y para él á toda otra pasión, otro empleo y otro objetivo. Las mujeres sólo se apasionan de los que dedican á ellas casi por completo su tiempo y sus energías, y el honrado Joaquín había ya empleado la tercera parte de su vida en la lucha material y moral por la existencia sin saber lo que era el amor y sin conocer á la mitad del género humano que le inspira. Ese fué su primer error. Quiso encontrar, á la primera exploración por aquel mundo desconocido para él, una mujer buena, leal, honrada y amante, y adornó en su imaginación con todas esas cualidades á la primera cara bonita que encontró en su camino.
»Ignorante por completo del mundo moral en todo cuanto se relaciona con la vida recíproca de los dos sexos, no había tenido tiempo para conocer siquiera, no ya para estudiarlo, el problema que acerca del matrimonio existía ya antes de que Dumas hijo le hiciera suyo, y la clasificación que de las mujeres habían hecho los filósofos de todos los países y de todos los tiempos antes de darla á la estampa el autor del Divorcio. Joaquín no sabía que las mujeres se dividen en tres categorías: