»Mujeres del templo.

»Mujeres del hogar.

»Mujeres de la calle.

»Y que equivocar unas con otras, y elegir para compañera una de las que han nacido para no tener compañero, ó de las que arrastran su vida siéndolo de todos, es un error que como no puede enmendarse sino con la muerte, en los países católicos, lleva consigo la desdicha del hombre, la destrucción de un hogar y la ruina de una familia.

»Aquel hombre de treinta años, cuyo corazón, virgen al amor, comenzaba á latir con tanta mayor violencia cuanto más tiempo había vivido limitado á desempeñar sus funciones fisiológicas de músculo cardíaco; cuya robustez se había desarrollado en la gimnasia higiénica del trabajo y la continencia; cuya imaginación no había roto sino en sueños la valla que separa la práctica cotidiana de la vida, de la ilusión fantasmagórica de lo desconocido; aquel hombre, en fin, en la plenitud de su fuerza, de sus sensaciones y de sus deseos; aquel comerciante honrado, metódico y deseoso del bien, se enamoró con todas las fuerzas de su corazón y de su espíritu de una linda joven, sin bienes de fortuna y cuyos antecedentes, si no escandalosos y probadamente perversos, no eran tan limpios de sospecha como merecía la inocente sencillez de su enamorado.

»Pero ¿quién se atreve á descorrer la venda del amor, y á acusar sin pruebas tan claras como la luz del sol á la que es objeto de adoración, y á la que, conociendo su decisiva influencia sobre un corazón enamorado, ha de tener de sobra medios y recursos para salir victoriosa, y para convertir en enemigo mortal del hombre que la adora al que se atreve á indicarla como poco digna de merecer la estimación pública y de legitimar su pasión con el santo sacramento del matrimonio?

»Yo mismo, á cuya noticia habían llegado algunas primeras aventuras de Pilar Suárez, que así se llamaba la novia de Joaquín Bernaregui, me atreví un día á rogarle que procurase refrenar su pasión, y dedicara algún tiempo á examinar el breve pasado de aquella mujer que no contaba aún veinte años y de la que no todos cuantos la conocían hablaban con respeto. Hasta me atreví á indicarle que, viviendo los parientes de Pilar en un pueblecito de la costa de Levante y habiéndole ella manifestado muchas veces que sólo la separaban de ellos incompatibilidad de caracteres, convenía que él mismo fuese á hablar con ellos, sin noticiárselo á la interesada, y adquirir allí datos fidedignos sobre su vida y sus costumbres. Rechazó mis consejos, desoyó cuantas advertencias más ó menos embozadas le hicieron algunos compañeros, y decidió resueltamente dar su mano á la amada de su corazón por ser la única mujer que le había comprendido, que le había amado entrañablemente y que podía hacerle dichoso..., ¡á él, pobre neófito en pasiones amorosas y que oía sin duda por primera vez pronunciar semejantes palabras de labios femeniles!

»Así las cosas, reapareció un día en Barcelona Miguel Bernaregui, sin avisar su regreso, como no había avisado su partida: se enteró de cuanto á Joaquín se refería, supo el estado de su fortuna, sus relaciones amorosas con Pilar, el proyectado enlace de ambos, y sin darse, no ya por ofendido, sino casi por enterado de tales acontecimientos, se presentó en casa de su hermano como el hijo pródigo, pidiéndole perdón de sus pasados extravíos y prometiéndole una enmienda que había de hacer la felicidad de todos.

»Pero el hijo pródigo de la Biblia era falsificado. Quizá entre los harapos de su miseria, en los horribles crepúsculos de mil días sin pan, entre las brumas mortíferas de aquella América donde había arrastrado los diez años de su estéril juventud, sintió brotar en su corazón la chispa del remordimiento y el anhelo de la paz de la conciencia y del bienestar del cuerpo. Es posible y aun probable que, al desembarcar en su patria, aquellas ideas llegaran á querer apoderarse de su cerebro; pero un hecho triste, brutal, aterrador, le había vuelto á sumir en la perversidad de su pasado. Su hermano, aquel que iba á perdonarle, á abrirle sus brazos, á instalarle en su propia casa, á darle participación en sus trabajos y en sus alegrías, el que había de dejarle al morir toda su fortuna, tenía resuelto casarse; había ya elegido la madre de sus hijos, y éstos y ella misma le desheredarían á él, al único heredero, al legítimo sucesor del comerciante rico y célibe. Volvía á escuchar, después de veintiocho años de lucha, la terrible maldición que había presidido á su nacimiento. Era el segundón, el paria, el mendigo eterno; y ahora sin esperanza, sin probabilidades, sin enmienda en el Mane, Texel, Phares, de su destino.

»Su consternación fué terrible, su resolución rápida y sublime para el genio del mal que se la dictaba. Si hubiera poseído la cualidad del valor, que no suele faltar á los grandes criminales, la muerte de su hermano hubiese sido decretada y llevada á cabo con el puñal ó el veneno; pero práctico en los lados horribles de la existencia, pensó que las puñaladas morales son tan seguras como las que pueden hacerse con una hoja de Albacete, y no se corre con ellas el peligro del código y el castigo de la justicia humana.

»Esto en el caso de que el herido se dé cuenta de la mano que le hiere, cosa que no sucede siempre, pues las circunstancias que rodean al crimen y la destreza é hipocresía del criminal pueden alejar de la víctima hasta la menor sospecha de quién puede haber sido su verdugo.

»En el plan que concibió Miguel se presentaban dos soluciones, y ambas, calculadas con la frialdad perversa de un odio inveterado, le aseguraban el porvenir de una impunidad perpetua y la posesión de la fortuna del desdichado inocente que abrigaba con el calor de su seno á la víbora que debía matarle con su incurable veneno.