»Veamos su proyecto. Ante todo y como base de sus ulteriores resoluciones, era preciso conquistar el amor de Pilar, empresa que él juzgaba, y con razón, no muy difícil, dados los antecedentes de la joven y la diferencia que para una muchacha de poco austeros principios había de existir entre el honrado comerciante esclavo del trabajo, siempre ocupado en los negocios y desconocedor de las superficiales, pero agradables pequeñeces del amor, y el hombre corrido en conquistas amorosas, dueño de todo su tiempo, y práctico en manejar las ventajas que la ociosidad, el trato de gentes y el conocimiento de las flaquezas humanas pueden dar á un hombre sobre una mujer superficial y amiga de los placeres materiales. Si Joaquín Bernaregui, sencillo, serio, rico y desconocedor del corazón femenino, era el bello ideal del marido, Miguel, calavera, elegante, audaz y apasionado, era el modelo de los amantes. Claro es que si éste se hubiera presentado á Pilar como aspirante á su mano, no era ella tan necia ni estaba tan desprovista de sentido práctico que le hubiese preferido á su futuro esposo; entre los dos hermanos la elección no era dudosa. Aplicando á los hombres la clasificación que Dumas hace de las mujeres, Joaquín era el hombre del hogar, Miguel el de la calle, y Pilar tenía bastante pervertido el corazón para no contentarse con el primero y para dejar de ver con agrado al segundo. Podía ser al mismo tiempo, si las circunstancias la empujaban á tal extremidad, amante del segundo y esposa del primero. No se equivocó Miguel en sus juicios, ni vió fallidos sus proyectos. La tierra era á propósito para la semilla que él pensó echar en ella, y la cosecha no había de tardar en ser recogida.

»No tuvo necesidad de emplear todos sus recursos para aquella conquista. Dos ó tres conferencias á solas, algunos obsequios insignificantes y oportunamente ofrecidos, y más que nada una pasión vehemente, perfectamente fingida, y una audacia repulsiva para las jóvenes pudorosas y embriagadora é irresistible para casi todas las mujeres que ya han conocido el placer de los sentidos, hicieron al seductor dueño de aquella linda joven, elegida por Joaquín para ser la guardiana de su honrado nombre y la sacerdotisa de su hogar.

»¿Cómo había de imaginar nunca el leal, el noble corazón de Joaquín, que su propio hermano, el que le debía cuanto era y cuanto pudiera ser en el mundo, y la mujer que iba á cambiar su posición modestísima, casi miserable, por la consideración pública y la fortuna santamente adquirida, se burlaban, le ofendían y encontraban en su santo propósito la salvaguardia de su crimen y la impunidad de su delito?

»Bien podían los infames saborear á mansalva todos los goces de su pasión criminal; bien podían entregarse á todos los extremos de un amor indigno: más seguros estaban aún por la cándida honradez del ofendido que por sus bien pensadas precauciones. Hasta el cambio de conducta que al parecer se efectuaba en Miguel era un nuevo lazo en el que cayó Joaquín. De Pilar nada hay que decir: para mujeres como ella el fingimiento es cosa baladí, y tanto cuanto mayor sea la ofensa que hacen al hombre á quien engañan, tanta mayor es la habilidad para fingirle cariño, ternura y simpatía. Nunca fué más feliz el burlado Joaquín, nunca estuvo más seguro de su dicha en la tierra, que durante aquellos pocos meses que habían de preceder á su matrimonio. Dios, compadecido sin duda de sus anteriores sufrimientos y premiando su laboriosidad, sus hermosos pensamientos y su alma bellísima, le daba ya en la tierra el premio que pocas veces concede al bueno antes de abrirle las doradas puertas de su cielo perdurable.

»Y he aquí las dos soluciones previstas por Miguel al llevar á cabo con tanta facilidad como perversión la conquista de su futura cuñada. Si la casualidad ó el propósito deliberado hacían descubrir á su hermano los criminales amores y la traición inaudita de los que le ofendían, la puñalada moral estaba dada. ¿Sería bastante eficaz el golpe para arrastrar á Joaquín al suicidio ó á la muerte natural, como lógico resultado de uno de los más horribles desengaños de la existencia? Y en caso afirmativo, lo que después de todo no era sino una presunción verosímil, ¿no sería posible, y aun tan lógico como el hecho mismo, que el herido de muerte, la víctima en fin de tan odiosos manejos, desoyendo los consejos de su resignación cristiana, se vengara de sus asesinos desheredándolos á la hora de su muerte, y legando toda su fortuna al primer extraño, ó á los establecimientos piadosos, echando por tierra su inicuo plan y sus infames cálculos? Esta solución, pues, fué desechada de común acuerdo por los dos amantes, que extremaron sus precauciones para que por entonces quedara secretamente envuelto en el más profundo misterio su culpable amor.

»La otra solución, si de término más largo, de más seguro éxito en vida y luego en la muerte posible de Joaquín, era revestir con caracteres de perpetuidad aquellas relaciones. Si el matrimonio tenía hijos, hijos legales habían de ser siempre del marido, y por lo tanto herederos de toda su fortuna, si grande entonces, mayor de seguro en el porvenir. Si no los tenía, todo dependía de la maña, del engaño, de la hipocresía de Pilar. ¿Quién con más derecho á la herencia del esposo que la esposa fiel, tierna y cariñosa?

»No contaron, sin embargo, con lo que más tarde llamaron casualidad imprevista y no era sino resultado lógico de sus actos. La vida ofrece perpetuamente ejemplos de casos análogos. Lo mismo los criminales, que los grandes pensadores, que los hombres de Estado, incurren en torpezas totalmente indisculpables hasta á los ojos de los tontos, de los locos y de los niños. En sus vastos proyectos, en sus científicas lucubraciones, en sus cálculos profundos, miden y pesan todas las dificultades, combinan todos los elementos, prevén todas las eventualidades, atan en fin, como se dice vulgarmente, todos los cabos, y dejan suelto el más sencillo, el más natural, el que antes que ningún otro debía haber sido previsto y calculado.

»Y por eso el amor propio humano, que jamás quiere declararse vencido y menos convencerse de su efímero acierto, apela para su tardía y estéril defensa á la mudable suerte, y llama golpes de azar y fatalidad de las circunstancias á lo que debía reconocer como torpeza propia y como loca instabilidad y certidumbre de los cálculos humanos. Por eso la fatalidad es la diosa de los soberbios y la Providencia el Dios de los humildes. Por eso los que no conciben que su talento sea tan torpe y su saber tan inútil, llaman á sus errores el libro del destino; y los que no se fían de sí propios para acertar en los cálculos á que dan lugar los acontecimientos de la vida, ven en todos los resultados de sus equivocados juicios el dedo de Dios.

»¿Cómo no habían previsto los dos amantes, á pesar de todos sus cálculos previsores, á pesar de todas las combinaciones de su infernal proyecto, que abrazaba tan distintas y tan múltiples probabilidades, la más sencilla, la más natural, la más fácil de evitar de todas? ¡Ceguedad humana incomprensible, que había de comprometer el éxito de todos sus planes y echar por tierra en un momento sus laboriosas maquinaciones!

»Pilar estaba encinta. Si la boda no se celebraba con rapidez, la solución del compromiso era, si no imposible, dificilísima. Retardar con fingidos motivos el matrimonio y apelar al recurso de una enfermedad para buscar, con el pretexto de necesitar los aires nativos y la higiénica vida del campo, un hogar seguro donde dejar ocultamente en poder de sus parientes la prueba de su deshonra, era también expuesto á mil peripecias. Aquellos parientes, que no eran después de todo más que un primo de la madre de Pilar y su esposa, no podían tener gran cariño á la que voluntariamente se había eximido de sus consejos y de su tutela moral, viviendo á su gusto, libre y no con excesivo recato, desde la edad de diez y seis años; es decir, desde la época en que más necesitaba la protección y la vigilancia de unos parientes honrados. Si las noticias que de su sobrina llegaban á sus oídos no eran para tranquilizar los escrúpulos de unas gentes morigeradas en sus costumbres y firmes en sus creencias, y ellas habían motivado la frialdad de aquel afecto de familia hasta el punto de que una y otros sólo se escribieran en las solemnidades de pascuas y celebración de natalicios, ¿cómo recibirían á la huéspeda y cómo iba ésta á hacerlos cómplices discretos de su deshonor y de su infamia?