»Si al tener noticia, por ella misma, del próximo casamiento de su sobrina con el honrado y rico Bernaregui, se habían atrevido á contestarla que antes de darle su mano le confesara todas sus imprudencias ó ligerezas que podían haber comprometido su nombre, y jurara en manos de su futuro esposo el firme propósito de la enmienda, no suponiéndola, sin embargo, culpable de completos y trascendentales errores, sino de coqueterías y noviazgos repetidos, ¿cómo contar con ellos para que en su honrado hogar cayera aquel borrón indeleble, y más aún, para que ocultando al mundo entero la falta de su sobrina, la ayudaran á engañar villanamente al hombre digno que la recibiría después en los altares como doncella honrada y esposa digna de llevar su nombre?
»Esto era imposible, absurdo, irrealizable. Y ¿cómo teniendo familia ó personas de ella que pudieran acompañarla en otro viaje á más lejanos climas, había de inventar la prescripción médica de ese plan curativo, si carecía de los medios de realizarle sola, y no era natural que su futuro cuñado la acompañase? ¿Y si Bernaregui se resolvía á abandonar su fábrica con el objeto de acompañar á su prometida, para ver por sí mismo cómo se curaba de aquella enfermedad tan repentina é incomprensible?
»Decididamente, lo mejor, lo más oportuno para conjurar todos los peligros de aquella terrible situación, era obligar á Bernaregui á acelerar la boda. ¿En qué fundar aquel deseo, poco disculpable en una joven honrada? ¿Por qué medios conseguir que fuera el mismo novio quien propusiera á Pilar la rápida celebración del matrimonio acordado para algunos meses después, y para el que, creyéndole relativamente lejano, no había nada dispuesto?
»Esta era la cuestión difícil, y los cómplices apelaron para resolverla á un recurso ingenioso. Se escribieron dos anónimos, uno dirigido á Bernaregui y otro á Pilar. Claro es que la redacción de ambos corrió á cargo de Miguel, y que en ellos se encontraron después las pruebas de su culpable connivencia.
»El dirigido al novio estaba concebido en estos términos:»
Al decir estas palabras el notario sacó de su bolsillo una cartera y de ella dos cartas, que demostraban por su color y la señal de sus dobleces que habían sido leídas con frecuencia. Desdobló la primera y leyó lo siguiente:
«Sr. D. Joaquín Bernaregui.
«Un leal amigo, que debe á usted muchos favores y se interesa como es justo por su felicidad, le avisa que hay quien pretende arrebatar á usted el amor de su prometida; que reune atractivos de juventud y riqueza, y emplea todo su tiempo, que le tiene de sobra, para hacer valer sus méritos personales, y que si usted por apatía ó demasiada confianza retarda alcanzar la dicha que espera, es posible que cuando se decida usted á reclamar las promesas de la mujer que adora, sea ya tarde para conseguirla.»
»El segundo anónimo era de otro género, y debía dar margen, caso de que Bernaregui no diese importancia al primero, á una resolución sensata y digna al parecer por parte de la novia.
»Este era el segundo.»
El notario abrió otra carta y la leyó: