«Adorable Pilar: Soy demasiado hombre de mundo para caer en el lazo que ha tendido usted á los necios, creyendo en la anunciada boda de usted con Bernaregui. Los amores de ustedes son demasiado públicos, y sus continuas entrevistas demasiado secretas, para no descubrir su verdadera significación. Y como la irresistible belleza de usted y sus naturales aspiraciones la hacen digna de posición mucho más brillante y de porvenir más positivo que el que puede ofrecerla un modesto comerciante, me apresuro á confesarla mi pasión amorosa. Soy sumamente rico, libre, joven, y poseo un título nobiliario. No tengo familia á quien dar cuenta de mis actos; mis inmensas posesiones en Francia é Italia la ofrecen á usted seguro y fastuoso asilo en nuestra luna de miel, y de ellas puede usted elegir la que más le agrade como regalo de boda. Si un día, lo que no es creíble, usted ó yo nos convenciéramos de que no podíamos ser felices prolongando nuestra unión, siempre le quedaría á usted, en cambio de un amante aborrecible, una fortuna soberbia, constituída legalmente en dote el día antes de ponernos en camino.

»Una maceta de flores colocada mañana en su balcón me indicará que acepta usted en principio mis proposiciones, y me autorizará para pedir á usted una entrevista con los testigos que usted elija, para que en ella, y escuchando de viva voz el inmenso amor que la profeso, decida usted de su suerte y de la mía.»

»Entre las dos cartas habían de mediar cuatro días: no era posible esperar más; el tiempo urgía, y antes de tomar otra determinación extrema, convenía ver el resultado de los dos anónimos.

»El que recibió Bernaregui no dió solución al asunto. El comerciante se guardó muy bien de leérsele á Pilar, y sólo la manifestó que convendría fijara ella misma la fecha de su matrimonio, dentro de tres ó cuatro meses. Desde luego empezarían á elegir telas para el trousseau, se encargarían los muebles que Pilar deseara tener para su tocador, y nada más. Del anónimo ni una palabra. Era demasiado noble el corazón de Bernaregui para concebir la menor sospecha respecto al desinteresado y fiel amor de su futura; y si por desdicha hubiera abrigado una duda ofensiva respecto de ella, su castigo era devorarla en silencio y no ofender á una mujer honrada con infames sospechas.

»El que recibió Pilar no hubiera quizá producido tampoco efecto alguno, á ser entregado por ésta á su futuro; pero tomó otro camino que, aunque más largo, debía llevar más pronto al término deseado.

»Pilar, que no frecuentaba asiduamente el confesonario, iba á él sin embargo en el tiempo que marca como máximum el padre Ripalda, y no debía cumplir muy bien con los preceptos del sacramento de la penitencia cuando, contando á su confesor, la misma mañana que recibió el anónimo, toda su falsa vida y ocultándole la verdadera, le pidió consejo en aquella tribulación. Juró y protestó que era honrada y por nada ni por nadie quería dejar de serlo: que amaba á Bernaregui y de él sólo quería ser esposa; pero que la duración de sus castas relaciones, la soledad en que vivía y quizá la diferencia de fortuna de ambos novios daba lugar á los malos juicios de las gentes ociosas ó mal pensadas. En situación tan delicada y expuesta para su honra, puesto que autorizaba al primer atrevido á faltarla al respeto y á la consideración que se merece la virtud, por modesta y humilde que sea, lo que convenía era acelerar el matrimonio, llevarle á cabo en seguida, y dejarse de trousseaux y muebles para después de celebrado, y acabar así de repente y para siempre con la maledicencia y la audacia. Ella no debía hacerlo por decoro, pero un sacerdote no estaba en ese caso y podía y debía proponerlo en bien de todos.

»El confesor cayó en el lazo: aprobó la discreta y cristiana resolución de su penitente, secó sus lágrimas, y resuelto á cumplir con los deberes de su ministerio, calificó de urgente el asunto y se dirigió con paso rápido á casa de Bernaregui.»


CAPÍTULO VII