CATÁSTROFE DICHOSA

«No hay drama ó novela que no contenga alguna situación tachada por el público de inverosímil. Y sin embargo, vemos continuamente en la vida actos humanos y hechos que serían estimados de imposibles si no sucedieran continuamente. No hay causa célebre, no hay crimen misterioso que no contenga algún detalle absurdo, suficiente para el descubrimiento del delito.

»Absurdo, increíble es que Pilar y Miguel no previeran en la forma de llevar adelante su plan lo más natural, lo más sencillo. Los dos anónimos estaban escritos con la misma mano. Un mismo amanuense los había copiado; y cuando el confesor de Pilar, después de hablar largo rato con Bernaregui, le mostró la carta que su penitenta había recibido, éste sacó de su bolsillo la otra misiva, comparó las dos y devolvió ambas al sacerdote para que las confrontara y examinara detenidamente.

»La sorpresa de ambos concluyó con un parecer unánime. Aquello era una farsa, un proyecto, cuyo objeto era preciso desentrañar y cuyos autores era necesario conocer. ¿Á quién podía interesar la rápida celebración del matrimonio sino á Pilar? Y para que ésta pusiera en juego tales medios con el objeto de conseguir tal fin, ¿cuáles podían ser sus motivos? De deducción en deducción ambos supusieron la verdad, pero siempre como el último término á que podían llegar sus sospechas. Quizá Pilar temía que Bernaregui no estuviera bastante enamorado de ella para cumplir su mil veces repetida promesa de matrimonio: tal vez las necesidades de la vida obligaban á la pobre muchacha á desear su inmediato casamiento para mejorar de posición y favorecer á su familia, si ésta necesitaba de su amparo y protección. Con estas ideas trataban de atenuar el comerciante y el sacerdote la gravedad del caso; pero el golpe estaba dado; la duda había nacido en sus corazones, y el alma cándida, leal y honrada de Bernaregui había recibido un golpe mortal. La que iba á ser compañera de su vida, la que iba á recibir con su mano un tesoro de honradez inmaculada, patrimonio más rico aún que el de su fortuna, no merecía ya su confianza. Fuera el que fuera el motivo que la había impulsado á recabar de Bernaregui una resolución contraria á su deseo, los medios que había empleado para conseguirlo eran reprobables y repulsivos. El anónimo, arma siempre vil y traidora, el engaño llevado hasta el pie del mismo confesonario, demostraban un alma fría y un espíritu calculador é irreligioso, cualidades todas de mal pronóstico en una esposa cristiana y en una honrada madre de familia.

»De todos modos, y mientras cada uno ponía en juego sus recursos de sagacidad y prudencia para averiguar toda la verdad del caso, ambos decidieron que convenía dar largas al asunto y engañar, si era posible, á la que ó á los que habían tratado de engañarlos. Bernaregui pretextaría y llevaría á cabo un viaje fuera de España con el fin ostensible de realizar la fusión de su fábrica con otra de más importancia, negocio gravísimo que podía duplicar su capital en corto número de años: á su regreso de aquel viaje se celebraría el matrimonio. Durante su ausencia, el sacerdote vigilaría y visitaría á menudo á Pilar, fingiendo la mayor confianza en ella, y ó conseguiría quizá descubrir el misterio, si misterio había, ó provocar tal vez la confesión espontánea y minuciosa de su bella penitenta.

»De los anónimos nada se hablaría. El confesor, sin devolver el suyo á Pilar, la diría que Bernaregui le había roto en el acto, así como otro que había recibido algunos días antes, pues tenía la costumbre de romper sin leerlas todas las cartas que recibía sin firma. Además, que el anónimo dirigido á Pilar sería sin duda obra de un chistoso desocupado, ó fruto de alguna apuesta entre muchachos de buen humor, para ver si la joven caía en el lazo y colocaba una maceta con flores en su balcón y excitaba de ese modo la burla de cuantos estuviesen en el secreto. Con no hacer caso de la misiva, continuar su vida modesta y retirada, y esperar con calma y tranquilidad el regreso de su futuro, todo estaba arreglado. Así se hizo en efecto, y así Pilar y Miguel quedaron confundidos viendo el poco fruto de su conspiración, pero no sospechando ni por asomo que su intención había sido descubierta. Achacaron á mala suerte lo que había sido impremeditación suya al escribir las cartas, y no cayeron en el verdadero motivo que había destruído su bien combinado plan.

»Quince días después salía Bernaregui de Barcelona con dirección á Marsella, y quedaba el sacerdote fingiendo una cándida buena fe, que estaba muy lejos de tener, en las palabras y en la pena de Pilar. Miguel quedaba al frente de la fábrica en cuanto á su dirección material, pero respecto á la marcha administrativa de la casa de comercio, cobros, pagos y operaciones mercantiles de la misma, tenía el cajero amplios y exclusivos poderes del principal.

»Pasaron tres meses con dilaciones intermitentes respecto al regreso de éste y con quejas repetidas del cajero respecto á la conducta de Miguel en la fábrica, verdaderamente abandonada por su continuo descuido. Tres meses que aprovecharon los amantes para gozar imprudentemente de la libertad en que los dejaban, y que sirvieron para que el confesor de Pilar, tomando informes de la vecindad, inquiriendo los antecedentes de la joven y poniéndose en comunicación con la familia de la misma, adquiriera el convencimiento de su culpabilidad y averiguase mucho más de lo que podía haber sospechado. Una indisposición repentina de la novia de Bernaregui la obligó á llamar á un médico, que la visitó cuatro ó seis días. Éste hubiera guardado el secreto propio de su profesión á tratarse de un caso indiferente y con personas entrometidas é indiscretas; pero ante la gravedad de las circunstancias y el carácter sacerdotal del que le expuso las excepcionales consecuencias que podría tener su silencio, le manifestó toda la verdad.

»Aterrado el buen sacerdote con la gravedad de la noticia, y convencido, por los juramentos que Bernaregui le había hecho de la pureza de sus relaciones con Pilar, de que otro era el amante de la joven, y explicándose ahora la intención de los anónimos, escribió al ausente todo lo que ocurría, pero sin atreverse aún á estampar la sospecha de quién podía ser el seductor de la joven, á pesar de estar ya seguro de la complicidad de Miguel, espiado por él muchas veces y señalado por todos los vecinos como continuo visitador de la joven.

»Llegó Bernaregui, no á su casa, sino á la del sacerdote, sin dar noticia á nadie de su regreso á Barcelona, y sólo Dios sabe lo que aquellas dos almas honradas, lo que aquellos corazones rectos sufrirían en tan solemne entrevista.