»El dolor de Bernaregui, sobre todo, no tuvo límites cuando escuchó de labios de su amigo las razones en que se fundaba para sospechar de su hermano. El desengaño era tan horrible, la ingratitud tan infame, que aun la resignación cristiana y los sabios y elevados consuelos del sacerdote fueron inútiles para sobreponerse á ellos. Cayó enfermo Bernaregui, y sólo después de un mes de sufrimientos y de lágrimas pudo abandonar el lecho hospitalario que el sacerdote le brindó en su misma casa, conservando para todo el mundo el secreto de su permanencia en ella.
»De aquel mes de lucha entre sus justos deseos de venganza y los benéficos consuelos de la religión, salió aún más depurada la lealtad del alma de Bernaregui, formada sin duda por el Creador para el sufrimiento y el martirio. Aquel hombre de bien sólo pensó ya en apartar del crimen á los dos pecadores; en ofrecer un porvenir y un nombre al ser inocente que iba á nacer entre la infamia y la deshonra, y en dar posición, esposo y fortuna á la mujer que le había engañado miserablemente y había querido manchar su honrada vida con los extravíos de su conducta y la falsedad de sus sentimientos.
»Él mismo hablaría á Pilar y Miguel: dotaría á ambos, los casaría inmediatamente, y renunciando para siempre al matrimonio y á la dicha que el cielo le había negado, instituiría por universal heredero de sus bienes al niño que iba á nacer, fruto de la falta de sus padres.
»El sacerdote oyó enternecido y aprobó con entusiasmo las palabras del comerciante; pero deseoso de evitar á éste una primera entrevista dolorosa con Pilar, que pudiera hacerle recaer en su enfermedad y agravar más la situación de todos, resolvió hablar primero á Miguel, enterarle de que todo estaba descubierto y decirle que lo que convenía era que ambos culpables pidieran perdón al ofendido, le confesaran su crimen y esperaran humildes su castigo, en la confianza, que él mismo les daba, de que el único castigo que él podría darles sería su perdón y su protección eterna. Dios, sin duda, lo había dispuesto de otro modo.
»Verificóse la entrevista; pero el cobarde Miguel no concluyó de oir el relato del sacerdote, que no tuvo tiempo para enterarle de que Bernaregui estaba en Barcelona y en su casa hacía más de un mes. Huyó, presa del terror, á contar á Pilar lo que ocurría. Estaban descubiertos: su hermano quería vengarse de ambos, y lo urgente, lo indispensable era huir antes de que Bernaregui, enterado por el cura, regresara á la ciudad.
»En efecto, aquella misma noche forzó Miguel la caja del escritorio de su hermano; se apoderó de trece mil duros en oro y en billetes, y huyó solo de Barcelona en el tren de Francia, sin dejar rastro ni huella y abandonando cobardemente á la mujer que había perdido por él su honra, su nombre y su porvenir. ¡Castigo providencial y triste desenlace de aquel drama!
»Pero Pilar no era de esas mujeres á quienes la desgracia abate y que creen en la Providencia cuando ven deshechos sus cálculos humanos. Su alma, acostumbrada desde la infancia al fingimiento y á la malicia, sin haber tenido en su primera juventud un guía enérgico y previsor, sin más principios religiosos que la práctica exterior y poco continua de un culto superficial, ni sospechaba la virtud del sacrificio de que era susceptible Bernaregui, ni se contentaba con la limosna de un perdón que, en sus malos pensamientos y juzgando el ajeno corazón por el suyo, no podía creer noble y duradero. Tenía además una venganza que cumplir. Encontrar al hombre que la había ultrajado y abandonado, y hacerle sentir todo el peso de su eterno enojo y de su odio imperecedero.
»Huyó también de Barcelona, antes de que Bernaregui pudiese hablarla, en seguimiento de Miguel, y sin duda con algunos recursos cuya existencia se ignoraba, llevándose consigo su padrón de infamia.
»Desde aquellos tristes acontecimientos, Bernaregui no descansó un momento. Entró en su fábrica; despidió á todos los dependientes y empleados que hasta entonces le habían servido y que conocían, cuál más, cuál menos, la triste historia que acabo de contar á ustedes, y desde esa fecha data la entrada de ustedes en la casa y la amistad que habían de profesarle durante tantos años.
»En ellos no dejamos el sacerdote, Bernaregui y yo mismo de hacer continuas averiguaciones por descubrir el paradero de los fugitivos. Algunos años antes del fallecimiento de Joaquín, supimos la desgraciada muerte de Miguel, acaecida en Buenos Aires en el incendio de un buque surto en un puerto de la costa, pero respecto á Pilar y á su hijo no volvimos á saber nada.