»Así las cosas, y arrastrando su amigo de ustedes una existencia aislada y triste, cuya causa habrán comprendido ahora, vió llegar el término de su vida con la calma del justo en la conciencia y el nombre de Dios entre sus labios. Por su testamento, que yo mismo leí á ustedes, instituyó á Puig por heredero universal de todos sus bienes, pero disponiendo en una cláusula que reservara siempre la tercera parte del capital á que entonces ascendía su fortuna, para un caso de conciencia, si llegaba el momento en que yo le reclamara dicha cantidad para emplearla en la forma en que él mismo había dispuesto en un escrito confidencial que sellado y lacrado dejaba en mi notaría. Á mi fallecimiento, debía pasar aquel escrito á poder del notario más antiguo domiciliado en Barcelona, y así sucesivamente, hasta que, transcurridos quince años después de su muerte, se quemara aquel pliego, sin abrirle, por el que entonces fuera su depositario.»
—Según eso—dijo Puig, al ver que el notario guardaba silencio,—ha llegado el caso de abrir el pliego en cuestión. ¿No es eso?
—No precisamente, señores—respondió el interpelado,—pero sí el de poder descubrirles el motivo de esa cláusula y el cumplimiento de otro encargo tan sagrado como el primero. El primer escrito es inútil. Se refería al caso en que yo, por mis gestiones incesantes ó por casualidad, me proporcionara noticias fidedignas de la existencia y paradero de Pilar ó de su hijo. Ya no nos cabe abrigar duda respecto á ambos extremos. Pilar abandonó á su hijo en la Casa de Maternidad de Lyón y continuó por algún tiempo arrastrando una vida escandalosa por varias ciudades de Francia. Á su muerte, acaecida el año pasado, se supo cuál había sido el nombre y las señas que depositó al lado de su hijo en el torno de Lyón. Con ellas se ha podido comprobar que el niño falleció antes de cumplir el año de existencia, y por eso puedo decir á ustedes que, no existiendo las personas en favor de las cuales reservaba Bernaregui la tercera parte de su fortuna, puede su heredero disponer libremente de ella de hoy para siempre, sin traba ni limitación de ninguna clase.
—La triste historia que usted nos ha relatado tan minuciosamente había llegado á nuestros oídos—contestó Puig—de un modo vago é incompleto. Sabíamos, como todos los que le trataban, que algún pesar hondo y profundo minaba la vida de Bernaregui. Su carácter dulce, pero reservado y melancólico, acusaba una de esas penas que el tiempo no consigue aliviar, y aunque él jamás permitió á nadie la más pequeña alusión á sus infortunios, más de una vez nos dejó á Benito y á mí sorprenderle con lágrimas en los ojos ó lanzando suspiros entrecortados y profundos. Era nuestro amigo leal, nos quería tanto como si fuéramos sus hermanos, y sin duda al estrecharnos entre sus brazos recordaba los de aquel Caín que debían haberle sostenido en las luchas de la vida. Pero, en fin, puesto que este asunto, según usted mismo nos ha dicho, está completamente terminado, ¿cuál es el otro que usted juzga casi tan importante y que nada tiene que ver con la cláusula testamentaria de nuestro amigo?
—Un asunto de conciencia; un negocio que ha de resolverse amistosamente y sin acudir á los tribunales de justicia, si, como creo, usted, Sr. Puig, da crédito á mis palabras y á este papel que sin saber cómo ha llegado á mi poder de un modo que no me es posible revelar á ustedes.
—Por mi parte, puede usted hablar—respondió Puig,—puesto que á mí se dirige usted particularmente; y esté seguro de que yo no he de dudar nunca de la veracidad de sus palabras, ni sospechar la menor ligereza por su parte en el cumplimiento de su deber. Su reputación de usted, su probidad y su talento están muy por cima de mi pobre criterio, y oyéndole á usted, sólo me toca respetarle y seguir ciegamente sus consejos.
—En ese caso, y dándole á usted gracias por el inmerecido concepto en que me tiene, paso á comunicar á ustedes el asunto que me ha traído á verles.
—Y si se trata del señor Puig y de asuntos de esta casa, ¿qué tengo yo que ver, señor notario, en todo eso?—dijo Bonet, cansado ya sin duda de desempeñar tanto tiempo el papel desairado de oyente.
—De usted se trata en primer lugar, Sr. D. Benito.
—¿De mí?—dijo no sin sorpresa el fiel cajero de la casa de comercio.