Puig, que cada vez parecía turbarse más conforme escuchaba al notario, sólo respondió á éste casi entre dientes.

—¡Ah! ¿Todo eso dijo á usted Bernaregui?

—Todo eso; y aseguro á usted que hasta que le repetí varias veces lo mismo que acabo de explicarle no parecía tranquilo mi cliente. Á los seis ú ocho días, que no lo recuerdo hoy precisamente, falleció Joaquín Bernaregui, dejando á usted por heredero universal de todos sus bienes. Han transcurrido con exceso tres años desde aquel triste acontecimiento, y usted, cumplidas todas las formalidades del caso, obedeciendo su postrera voluntad y sin nadie que pueda disputarle el derecho y justo título con que es dueño y poseedor de esa fortuna, recibe de mi mano este pliego que se refería á la cláusula limitatoria de ese absoluto derecho, por ser ya imposible su cumplimiento, toda vez que entrego á usted al mismo tiempo los documentos, legalizados debidamente, del óbito de Pilar y de su hijo. Todo esto es sencillo, legal y no presenta dificultad ninguna. Y sin embargo, Sr. de Puig, y usted, Sr. de Bonet, juzgarán ahora de la gravedad de lo que voy á comunicarles. Hace apenas hora y media que he recibido por el correo interior, medio el más seguro para impedir las investigaciones á que el hecho pudiera dar lugar, el presente pliego, lacrado y sellado con la sortija que usaba Bernaregui y que usted sacó de su dedo anular, Sr. Puig, después de cerrarle los ojos, pasándola al suyo, en el cual la veo todavía.

—Y que llevaré mientras viva, en recuerdo de aquel hombre generoso y honrado que pagó con creces mi cariño.

—¿Sellado con su sortija?—preguntó Benito en el colmo del estupor.

—Aquí le tienen ustedes: abierto, porque está dirigido á mi nombre, y escritos sobre y papel interior todo de puño y letra del difunto.

—¿Qué quiere decir esto?—dijo Benito, mirando á Puig con sobresalto.

—Todo, menos que nuestro querido amigo haya escrito al señor notario desde el otro mundo, donde descansa hace tres años de las infamias de éste—respondió Puig con una sonrisa tan maliciosa como casi impropia del asunto.

—En efecto, Sr. Puig: su amigo de ustedes no me dirige hoy ni ayer ese documento extraño. Tiene la fecha del día siguiente al del testamento firmado por él ante mí y los testigos. Es el escrito ológrafo á que él mismo se refería con sus preguntas y que por modo inconcebible no ha llegado á mis manos hasta hace un momento.

—¿Pero es que en ese escrito se alteran las cláusulas de su testamento legal?—preguntó con cierta inquietud Benito.