—¿Quién habla de pleitos, ni cómo yo había de intentar semejante cosa con mi amigo de toda la vida, con mi compañero en los días de trabajo incesante? Término hay más hábil, y yo creo que si, como ustedes sostienen y yo no dudo, esa carta es efectivamente de Bernaregui, una transacción amistosa será el mejor medio de arreglarlo todo—dijo Benito.

—¿Quién habla de pleitos ni de transacciones innecesarias?—dijo Puig, estrechando la mano de Benito entre las suyas.—¿Nuestro amigo Bernaregui me nombró á mí su heredero, y al día siguiente, por razones que yo no debo averiguar, revocó esa disposición y te eligió á ti como más merecedor de sus beneficios? Bien hecho está cuanto él hizo. Tú eres el dueño de toda su fortuna, y á mí sólo me toca pedirte perdón por haber disfrutado de ella durante tres años, por la inexplicable dilación de la entrega al Sr. Ortiz de ese documento. Yo reconozco la letra y su sello; yo doy por válido y por auténtico ese escrito, y cumplo la última, la posterior voluntad de Bernaregui haciéndote á ti hoy mismo la entrega de todos los bienes, que juzgaría usurpados si los disfrutara un solo día más. ¡Si yo fuera rico!, decías á menudo, como si el corazón te anunciase semejante cambio de la suerte. Ya lo eres; tuyo es cuanto aquí existe: yo vuelvo á ser, como lo fuí en tiempo de nuestro bienhechor y como tú en el mío, el primer empleado de la casa, si en tal cargo quieres conservarme.

—Todo eso es muy digno, muy noble, Sr. Puig, pero no es legal. El testamento dictado en debida forma...

—Aquí no se trata de leyes, señor notario. La ley primera es la ley de la conciencia para todo hombre honrado, y yo me tendría por un ladrón, aunque todas las leyes de la tierra me declararan inocente, si detentara un solo día, un solo minuto la fortuna de Bernaregui, que por ese escrito no me pertenece. Doy á usted gracias, señor notario, porque me proporciona la ocasión de seguir siendo hombre de bien, y tú, mi querido amigo, prepárate á examinar todos los documentos de la casa y á entrar en posesión de la fortuna que más que yo has ambicionado.

Como el que es presa de una pesadilla conoce dentro de su mismo sueño que nada de aquello es real y efectivo, y hace desesperados esfuerzos para despertarse ó para gritar, buscando alguien que le ayude á salir de aquella tortura que reviste todos los caracteres de un drama sangriento, así el pobre Benito hacía esfuerzos desesperados para alejar de su imaginación todo lo que oía, para cerrar los ojos á aquella que á él le parecía engañosa evidencia y para juzgar como un sueño la repentina ó inexplicable realidad de sus ilusorias esperanzas.

Él, que siempre había repetido, en sus horas de envidiosa tristeza, la frase tan común á los pobres: ¡Si yo fuera rico!, á creer en todo lo que aquellos hombres decían, á ser cierto el documento que habían leído, se encontraba en efecto rico, y de un modo imprevisto, absurdo, increíble. Por fuerza sólo una imaginación soñando era capaz de inventar aquella carta misteriosa redactada y firmada al siguiente día de otorgar un testamento. Si el testador, por cualquiera razón gravísima y secreta, que por una fútil y pequeña no era posible que lo hiciera, había cambiado completamente de idea en veinticuatro horas, ¿por qué no llamó al notario y con las mismas circunstancias y formalidades legales anuló el primer testamento y dictó otro nuevo, sin dar motivo á pleitos y á querellas, como lo daba en efecto, con su inexplicable escrito?

Y aun dado caso que todo aquello fuese cierto, ¿quién había sido el depositario de aquel papel y á quién pudo confiar Bernaregui en su lecho de muerte documento tan extraordinario, y por qué éste no se había entregado al notario sino tres años después?

Todas estas rápidas reflexiones aturdieron de tal modo al pobre Benito, que, presa de mortal congoja, se levantó gritando:

—¡Yo, yo rico! ¡Yo millonario! ¡Abrid esas puertas! ¡Me ahogo! ¡Socorro!

Y cayó pesadamente sobre la alfombra.