Abrióse la puerta del despacho, y acudieron á sus voces primero los escribientes y luego Lucía y Bernarda.

—Es papá quien grita—dijo Lucía al entrar precipitadamente en el despacho de Puig, cuya puerta había abierto el notario en busca de auxilio.

—¡Es mi hermano! ¿Qué sucede? ¡Alguna infamia de ese hombre!

Lo menos se figuró la amable doña Bernarda que su pobre Benito había sido asesinado por Puig, como consecuencia de la pacífica discusión de aquella mañana.

Ramiro, que estaba en el escritorio cuando se oyeron las primeras voces de Bonet, saltó de su asiento y llegó al despacho de su principal en el momento en que el notario abría la mampara. Contra su costumbre de no acudir nunca cuando se le llamaba ó era necesaria su presencia para cualquier asunto, Rispall se presentó llevando en la mano una bandeja con vasos de agua. Unos rociando el rostro de Benito, otros haciéndole beber dos ó tres sorbos, su hija dándole fricciones en las sienes, su hermana poniendo el grito en el cielo, y Puig, único dueño de sí mismo, contemplando con estoica curiosidad aquel cuadro, consiguieron que el desmayo del nuevo millonario fuese muy pasajero. En cuanto volvió en sí, lanzó una mirada de asombro sobre todos los presentes, y recordando repentinamente todo lo que dió ocasión á su síncope, sólo pudo pronunciar las siguientes palabras:

—¡Sí, soy rico! No creáis que estoy loco... Aquí está el documento. ¡Carta canta! Toma, hija, lee..., leed todos...

Y arrebatando al notario el pliego que éste había leído y conservaba aún entre sus manos, se le dió á Lucía, que casi no se atrevía á leerle, temiendo que en efecto la razón de su padre se hubiese perturbado. Mientras Bernarda y Ramiro leían por encima del hombro de Lucía el papel que ésta, con menos avidez que ellos, casi deletreaba para comprenderle mejor, Benito seguía hablando á voces y paseándose por el despacho de Puig.

—¡Lean ustedes!... No son ilusiones mías. Por algo decía yo siempre: ¡si fuera rico!... Y es que el corazón me anunciaba que había de llegar á serlo cuando menos lo esperara. ¡Aquí el único heredero de Bernaregui soy yo!... ¡Yo soy el amo de la fábrica, de la casa, de cuanto hay aquí!... ¡Soy rico!

—¡Oh!—murmuró con rabia Rispall en el colmo de su sorpresa y de su odio á los patronos, amos y propietarios.

—¡Es verdad!—dijo Bernarda, abrazando á su hermano después de haber leído.