—Sí, aquí lo dice—añadió Lucía, devolviendo el papel á su padre.—Pero entonces, ¿cómo hasta hoy no se ha sabido nada? Y si usted, Sr. de Puig, había sido nombrado heredero de Bernaregui en su testamento, y por eso ha podido usted disponer de su fortuna durante tres años, ¿cómo va usted á renunciar á ella en favor de mi padre? Yo no entiendo de leyes; pero aquí hay un misterio que no comprendo y una informalidad que no acierto á explicarme en asunto tan grave.

—Y tiene usted razón, señorita—dijo el notario, sin dejarla casi acabar la atinada reflexión.—Este es un caso, por lo menos, litigioso, y yo ruego á estos dos señores que lo piensen mucho antes de tomar una determinación extrema que después pueda pesarles.

—Yo lo que veo es lo que dice aquí bien claro; yo no veo otra cosa, y si el Sr. Puig tiene conciencia...

—Porque la tengo, amiga doña Bernarda, porque la tengo, insisto en lo que he dicho á su hermano de usted y al señor notario que nos escucha. Yo respeto la voluntad de mi amigo Bernaregui, yo venero su memoria, y como este, para mi corazón, no es asunto que debe arreglar el código civil, sino el alma, renuncio desde ahora á todos los derechos que pudiera hacer valer y á cuantos me den las leyes, y me declaro á mí mismo pobre de solemnidad, haciendo entrega á mi querido amigo y constante compañero D. Benito Bonet de toda la fortuna que constituye la herencia de Bernaregui.

—Eso se llama cumplir con su deber, y cualquier hombre honrado haría lo mismo que usted hace en este momento.

—Señora, en eso hay mucho que hablar—respondió el notario á doña Bernarda.—Yo me tengo por muy honrado, y si en este caso estuviera en el pellejo del Sr. Puig y oyera que usted interpretaba tan secamente mi acción sublime, que sublime es por lo menos lo que el señor hace, no sé si tendría serenidad para no acudir á los tribunales, aunque no fuera más que para convencer á ustedes de que todo es legalmente suyo y que sólo por un quijotismo, que será de seguro mal comprendido y peor pagado, cede á ustedes su fortuna.

—No faltará abogado que nos defienda...

—No faltarían de seguro, aunque no fuese más que para comerse parte de la herencia, si yo diera lugar á ello—respondió Puig;—pero ya he dicho, y mi resolución es irrevocable, que yo soy pobre, que esta es para mí una cuestión de conciencia, y que mi conciencia me manda proceder como procedo.

—Y yo no insisto. Dios guarde á ustedes y les ilumine. Ha terminado mi misión, y en mi casa me encontrarán si en algo puedo serles útil. Es la primera vez que me veo en situación semejante á la presente, y abrigo la profunda convicción de que ha de ser la última.

Dió el notario un afectuoso apretón de manos á Puig, saludó fría aunque cortésmente á los demás, y salió del despacho y de la casa con aire profundamente preocupado.