Libres de aquel personaje, extraño para todos, parece que respiraron con más holgura aquellos corazones, impresionados aún por el raro acontecimiento.

—¿Conque de veras eres rico?—dijo Bernarda á su hermano.

—¡Casi lo siento, padre mío!—murmuró Lucía, mirando á Puig.

—Pues, hija, muchas gracias—dijo Benito, sin comprender á su hija.

—Tú eres un ángel—la dijo Puig, abrazándola con efusión,—y tú, de cualquier modo que terminen estos asuntos, siempre saldrás ganando.

—Excuso decir á usted, amigo mío, y compañero hasta hoy, lo que celebro su cambio de posición y de fortuna, y cada día me contentará más haberle manifestado con anterioridad mis fervientes deseos de entrar en su familia—le dijo Ramiro, tendiendo su mano á doña Bernarda.

—Ahora mismo van á saber los chicos de la fábrica lo que ocurre. ¡Qué alegría para ellos! ¡Qué felicidad para todos nosotros!—dijo Rispall, mirando fijamente á Puig, como queriendo darle á entender la diferencia de amo que iban á tener desde aquel día y echando á correr hacia los almacenes y los patios.

Algo hubo de decir en voz baja Lucía á su padre, mientras doña Bernarda leía de nuevo el papel que éste había dejado sobre la mesa, porque Benito, sin que dejara su brazo izquierdo de rodear la cintura de Lucía, se dirigió á Puig y con acento conmovido le dijo:

—Por supuesto, Juan, que, mientras yo viva, aquí no ha cambiado nada. Tú mandas, tú dispones en la fábrica como si fuera tuya; tú te señalas el sueldo que quieras, y si no tienes bastante con el que á mí me dabas, eso no importa. Yo no soy el amo, soy tu amigo y nada más.

—No esperaba menos de ti y acepto tus ofrecimientos hasta cierto punto. Pero como yo no tengo familia y mis necesidades son mucho menores que las tuyas, con el sueldo que Bernaregui nos daba á cada uno tengo bastante. Seré tu cajero; me darás tres mil pesetas al año y un sitio en tu mesa...