—¡No hablemos de tales miserias, papá!... Ustedes son dos hermanos, todo es de los dos... y aquí no debe haber tuyo y mío, ¿no es verdad?
—¡Justamente! ¡Eso quise decir yo! ¿Para qué quería yo ser rico sino para hacer dichosos á cuantos me rodean? ¡Para eso! ¡Para eso!
—Entonces, Juan amigo, cada vez estoy más contento de lo que sucede. Veo que tú eres mil veces mejor que yo, y que de seguro harás lo que yo no he sabido hacer, la felicidad de todos. Sé rico, puesto que sabrás serlo, y Dios te evite las ingratitudes y los desengaños. Ahora, Juan, déjame salir de aquí. Necesito aire para respirar; tú, hija mía, acompáñame, porque no está mi cabeza muy segura y temo salir solo. Quiero recorrer los talleres, dar después un paseo largo, cansar mi cuerpo para que descanse mi espíritu, y acostumbrarme á la realidad de lo que hasta hoy sólo había sido un sueño.
—¡Oh, qué felicidad!—decía doña Bernarda á Ramiro.—¡No tener que agradecer nada á un hombre que sólo ha visto siempre en nosotros unos criados! Ahora somos nosotros los que le pagaremos sus servicios, nosotros los amos, los bienhechores, los que perdonaremos sus faltas y toleraremos su carácter. Crea usted, amigo Ramiro, que hoy es el día más dichoso de mi vida.
—Pues figúrese usted lo que será para mí—contestó en voz más baja Ramirito.—Ya me veo dueño de la mano de mi adorada Lucía, sin dilaciones innecesarias, sin retrasos injustificables.
—¿Por qué no viene usted con nosotros?—dijo Lucía á Puig, que se sentó tranquilamente en su sillón acostumbrado.
—Tengo hoy que trabajar más que nunca, hija mía. He de hacer minuciosas cuentas de estos tres años en que me he creído rico, y deseo cuanto antes poder rendir esas cuentas á tu padre para que las examine y las apruebe. El tiempo no me pertenece y la obligación es lo primero.
—Mi padre no quiere cuentas; y sobre todo, hoy es día extraordinario...
—Para vosotros; para ti que vas á tener un gran dote; para tu padre que va á manejar una fortuna, y para tu tía que tirará las llaves por la ventana ó se las confiará á quien no sepa manejarlas tan bien como ella; pero para mí nada hay de extraordinario: la firma de tu padre en vez de la mía, y todo lo demás lo mismo que siempre.
Oyóse en esto una gran gritería por los corredores; invadió el escritorio la multitud de los obreros capitaneados por Rispall, y las voces de «¡Viva Bonet! ¡Viva D. Benito!» aturdieron la casa.